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Por Juan Julio Fernández >

Liderazgo e inmovilismo

   

No creo que se pueda decir del mes de agosto ido que haya sido tranquilo, a pesar de que se identifique con un mes de vacaciones. En España empezó con los coletazos del movimiento de los indignados en Madrid; en Gran Bretaña con el vandalismo de unos bárbaros en el barrio londinense de Tottenham Court; y en todo el mundo se mantuvo con la agitación de los mercados, apuntando a que en la aldea global asistimos al final de la era que se inició con la revolución industrial y el capitalismo y que hace pensar que no hay otra salida que el cambio de sistema, con un nuevo modelo que pueda encauzar las exigencias de una población mundial que no cesa de crecer y con mayores demandas, necesarias unas e inducidas otras por los medios de comunicación, que han hecho del consumismo y el hedonismo referentes individuales y colectivos.

Y si de los indignados españoles se alabó su civilidad, a pesar de algunos enfrentamientos con las fuerzas del orden, en la visita a Madrid de Benedicto XVI perdieron parte de la dignidad al agredir algunos exaltados a los jóvenes que acudían a la convocatoria del Papa y que, con su comportamiento en los multitudinarios actos -en las concentraciones en Cuatro Vientos llegaron al millón y medio-, dejaron claras algunas cosas: los indignados pacíficos no eran tantos, los exaltados menos y las sinrazones de estos últimos -la violencia y la agresión siempre lo son- justificaron y deberán seguir justificando la actuación de las fuerzas que, por imperativo legal, están obligadas a garantizar la convivencia.

Y otra, no menos significante: que un Papa, presentado de antemano como poco carismático, enquistado en el dogma y sin el atractivo de su predecesor Juan Pablo II, supo mantener con sus 84 años una apretada agenda y dar una lección de comprensión y tolerancia, concediendo a Dios lo que era de Dios y al César lo que era del César.

Lo ha expuesto muy bien Francisco Vázquez, el respetado socialista que fuera alcalde de La Coruña y embajador en la Santa Sede, al hablar de liderazgo, fe y razón y del afán de ciertos sectores del “autollamado progresismo español” en identificar a Benedicto XVI con “un integrista impulsor de un retroceso reaccionario en el pensamiento y acción de la Iglesia Católica”.

Para quien ha podido conocerle bien en su cercanía vaticana, los días del Pontífice en Madrid han servido para que los españoles pudiéramos comprobar “la profundidad del pensamiento expuesto siempre desde el respeto y la tolerancia hacia las ideas de los demás, pero firme en la defensa de los valores irrenunciables de la fe católica”, lo que lo convierte en una persona incómoda y en el principal escollo para quienes tratan de imponer como valor dominante de la sociedad el relativismo del “todo vale”.

Dejando claro que para mí la religión y la espiritualidad son cosas distintas, aunque no excluyentes, y que de la Iglesia Católica no alabo los alardes de boato -me siento más cercano a Francisco de Asís y a Teresa de Calcuta que a los cardenales de la Curia-, entiendo que, con luces y sombras, a la Iglesia no se le puede negar su empeño en transmitir un mensaje de paz y de amor, que no es poco en un mundo convulso donde la intolerancia, la exclusión del otro e, incluso, su eliminación física han sido casi una constante.

Y en el que, sin paz y con guerra, sin amor y con egoísmo, se levantaron imperios que, antes o después, se derrumbaron.

Y mientras en España dejamos atrás a este convulso agosto, para muchos y, lamentablemente, de vacaciones forzadas por la recesión y el paro y con los estertores de un Gobierno aparentemente desahuciado, el artículo de Paco Vázquez me está sirviendo para regresar a estas páginas, identificándome con lo que dice, especialmente cuando se refiere a la dramática orfandad de referentes y modelos de la sociedad globalizada, en la que puede que hayamos puesto y todavía pongamos muchas esperanzas, pero que no ha encontrado respuesta -son palabras suyas- para, primero, la caída del muro de Berlín y, ahora mismo, para la crisis irreversible del sistema capitalista, en la que “tan solo la Iglesia es capaz hoy de dar respuestas a las demandas urgentes de principios y valores que regulen la vida de las personas”.

Con más información que la que yo tengo y estando de acuerdo con su apreciación del liderazgo de Benedicto, pienso si no sería conveniente que la Iglesia que conduce no cometa el error que cometió cuando, con su inmovilismo, no quiso entender la transformación que supuso la Ilustración.

El reto, ahora, es la globalización y la respuesta no puede ser, otra vez, el inmovilismo. Es solo una modesta opinión.