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Mariposas en el estómago > María Montero

   

Resulta que se nos va terminando el verano, aunque el sol nos siga obsequiando días y días, y todos esperamos momentos más alentadores que los meses estivales, donde, a través de los acontecimientos vividos, reflejamos unas vacaciones un tanto crispadas dentro de una línea de inestabilidad, expectativas hacia nuevos proyectos y alertas sociales justificadas. Me pareció apropiado, además del adornado periodo vacacional, resaltar algo propio del final del verano: se suceden muchas rupturas de pareja. De por sí este año ya nos faltó una primavera, de renacimiento y de nuevos inicios a muchos niveles, incluido el sentimental; sin embargo, el balance de estos meses parece que se acerca más a cerrar ciclos antiguos para poder comenzar nuevas andaduras en diferentes ámbitos sociales, y por tanto, a llevar a cabo resoluciones urgentes. Y en el mundo de las relaciones de pareja no es para menos. Tanto si disponemos de pareja estable como de una relación iniciada recientemente, o si bien tratamos de recomenzar nuestra vida afectiva, es necesario evolucionar dentro del espacio que compartimos en pareja, que, si no, nos podemos quedar estancados en nuestro desarrollo emocional. Y es que entramos hace tiempo en dinámicas afectivas de sustituir unas personas por otras, cambiando de pareja como se cambia de ropa interior o de modelo de coche. También podemos tratar de colmar carencias propias a través de los otros, o de mantener relaciones adictivas, asociadas a relaciones sexuales por necesidad, incluso incluyendo el consumo de alcohol o estupefacientes como algo habitual. Además hay numerosas personas que relacionan su fracaso sentimental con la llamada crisis económica, y que evocan épocas más felices cuando las tarjetas de los bancos les regalaban un “paraíso permanente”…, pero, ante estas situaciones, me pregunto: ¿qué fue antes, el huevo o la gallina?… ¿Qué sobrevino primero: las relaciones que escondían aspectos que no queríamos ver, siendo nuestros o de nuestra pareja o de ambos?, o ¿necesitábamos una crisis detonante para llevarnos a estallidos sentimentales o para ponernos delante lo que estábamos negando hacía tiempo? Cuando nos encontramos ante tal shock emotivo, necesitamos probablemente descansar y, si nos es posible, recapitular nuestra relación. Quizá ni el huevo ni la gallina importen tanto ya, ni quien empezó a gritar al otro, sino cómo hemos llegado hasta aquí. Y aplicar medidas urgentes a la crisis, antes de que el corazón nos cobre nueva factura. Y por qué no: evocar tiempos felices, pero reales. Quién no añora la complicidad de una simple mirada, o mantener una sexualidad afectiva de contacto, o vibrar con alguien que nos provoque mariposas en el estómago… Y viene al caso que les recomiende la película Lo contrario al amor: los diálogos de pareja que contiene sobre quién dejó de entender y a quién y por qué son deliciosos… Imagínense ahora a una pareja en todos estos conflictos, y de fondo una frase anónima de un muro madrileño: “Amor mío, no hay palabras”, que, gracias a otro amigo anónimo, Anoniman, se nos brinda en su espacio que rescatamos apasionadamente en las frases de la autopista del Norte. También podría imaginarse a usted mismo con esta arrolladora expresión, mirándolo o contemplando a su pareja y… entonces: ¿en qué nos quedamos?, ¿primavera o final del verano? Esa cuestión solo depende del lector, aunque reconforta saber que siempre es primavera cuando se inicia una relación.

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