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J.L. Zurita >

Mi querida Universidad de La Laguna

   

De nuevo en el Paraninfo de la Universidad de La Laguna. Hacía años… Primero como alumno claustral y después como joven periodista de DIARIO DE AVISOS y del periódico universitario El Siglo XXI. Años de rebeldía, inconformismo, aciertos y equivocaciones… Años en donde la institución académica caló en los huesos y en donde aprendí a quererla.

Viví con especial intensidad el rectorado de Marisa Tejedor y luego, con menos vehemencia, los de Matías López (nunca olvidaré la intensa jornada de su victoria electoral en 1995) y José Gómez Soliño, que fue rector un 19 de marzo, el día de su onomástica.

Este pasado viernes, en el Solemne Acto de apertura del Curso Académico, volví al Paraninfo. Remozado, es verdad, pero el mismo al fin y al cabo. Y desde el patio de butacas reparé en el hacer de colegas de nueva hornada que, al igual que uno en tiempo ha, hilvanaban desde el palco de turno la crónica más o menos certera o el artículo pertinente. Ataviado y algo envanecido con la toga y muceta color gris plomo de doctor en Periodismo, el rector Eduardo Doménech me impuso el birrete antes de que, según marca la ceremonia, me abrazase con mi padrino el profesor Ricardo Acirón. A él, junto a Leopoldo Fernández, debo buena parte de mis afanes en la profesión.

Los dos, precisamente, protagonistas y guías, desde El Día y DIARIO DE AVISOS, de una etapa del periodismo que no volverá y que, en la actualidad, se reinventa en un mundo vertiginoso marcado por la social media, por la democratización de la información.

Francisco Mauricio, catedrático de Física Aplicada, dictó la lección inaugural: académica, cercana y con el análisis y juicio preciso que se le exige al universitario. Y es que el veterano maestro no eludió su responsabilidad: defendió la necesidad del puerto de Granadilla para el desarrollo de la Isla y criticó sin ambages el paupérrimo nivel formativo que acarrean los estudiantes pre universitarios. Lástima que los docentes e investigadores del centro superior de enseñanza, cuyo Consejo Social sigue sumido en una histórica apatía, al tiempo que la Fundación Universidad Empresa no acaba de asomar, no se prodiguen en manifestaciones públicas que ayuden al bienestar y al entendimiento y mayor cordura de partidos políticos y agentes sociales.

Quince fuimos los nuevos doctores que participamos en el ceremonial, cuando durante el curso fueron más de cien los que obtuvieron este máximo nivel académico. Preocupa. Pero qué quieren que les diga: llueve sobre mojado. A nuestra Universidad de La Laguna (que somos todos los que formamos parte de su comunidad) le cuesta llegar, enamorar, invitar, ilustrar… Estamos en su casa, pero no la cuidamos. Podríamos saltar alto, pero da la impresión de que somos nosotros mismos quienes le quitamos las patas a la pulga…

Luego, por vez primera, hice mías las serenas y justas reivindicaciones del rector magnífico, me sumé con emotividad al enlatado canto del Gaudeamus Igitur ante la ausencia de la Coral Universitaria y sentí con el almendro de don Nicolás Estévanez el Arrorró de Teobaldo Power.

En el hall del Edificio Central saludé a amigos universitarios cómplices de aquellos años que no se borran de la memoria: Luis Vega, Alberto Brito, María Dolores Mejías… Y comprobé como los compañeros de la prensa se arremolinaban en torno al presidente del Ejecutivo canario, Paulino Rivero, cuando la noticia estaba, probablemente, en otros presentes…

En fin. Todo cambia, todo se transforma y todo sigue igual… en mi querida Universidad de La Laguna.