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María Montero

Mirada guanche

   

Rondó el atardecer y el semblante guanche se hizo presente en las costas de Chimisay. Fue la ceremonia guanche, entre otras citas de la romería de El Socorro, celebrada en días pasados, la que nos trasladó al proceso de transformación de un pueblo iniciado hace varios siglos. La representación guanche actual nos lleva a sentir el alcance del contacto entre lo desconocido y lo nuevo, y las tradiciones aborígenes antiguas de Tenerife. Además, la capacidad de integración y de redescubrir en sí el sistema de creencias, y de ser capaces, desde la abstracción de la fe y la asimilación particular de cada uno, de vivir la llamada de la virgen de El Socorro. También, a través de sucesos históricos y de leyendas populares asociadas a tal cita, de llevar a la conciencia y a lo cotidianeidad, y al plano de las emociones humanas, el contacto positivo de lo femenino y lo masculino, y su complementariedad, latente en todas las culturas de la tierra. Si hay algo que es encomiable aquí, y es digno de felicitación a todos los habitantes de Güímar y de Arafo, y a todas la personas vinculadas a esta fiesta, es el trabajo, la constancia y la entrega de todos los años para seguir haciendo posible la romería más antigua de todo el Archipiélago canario y, especialmente, el actual rey guanche, humilde figura emblemática del mantenimiento de una importante tradición canaria que abre sus puertas al resto del mundo. La cultura guanche tiene una gran asimilación a matices homogéneos de los incas de Perú, Bolivia y Ecuador. La comunidad altoandina presenta asimismo construcciones, costumbres y creencias solares que pareciera que guanches y andinos nacieron de la misma madre. Sin embargo, cuando contemplaba en estas jornadas romeras la aptitud de los guanches de corazón actuales, pues ellos se reconocen como guanches de corazón en pleno siglo XXI (su semblante sabio y guerrero, llevado con nobleza en su tradición), recordé, al instante, algo que viví también en primera persona con el espíritu y talante de los mexicanos en Chiapas, donde la sabiduría maya y el pueblo han sabido mantener las constantes de la autodeterminación de su territorio, y la política ha pasado a un segundo plano. Los guanches, de una manera distinta, pues no acudieron a la contienda, han sabido mantener una entente cordial con las autoridades religiosas y políticas, pero han logrado de una manera pacífica la autodeterminación de la identidad de un pueblo a través de su tradición, que, además de popular, es histórica, y lleva en sí el entresijo cultural del mestizaje, pero es dinámica y camina con los tiempos modernos. El corazón de los guanches ha logrado acoger a todos los pueblos, darnos cabida a todos y ser un ejemplo de hospitalidad para cualquiera que se asoma por primera vez a la puerta de su casa. ¿Quién no vibra hoy en día con un pueblo así? ¿Cuántos pueblos tienen la fuerza de ser el empuje de sí mismos con estímulos internos, sin esperar el reconocimiento exterior?… Quizá aquí radica su fuerza, y a la vez su libertad esencial: son viajeros en el tiempo, y en su bagaje portan orgullosos su verdadero origen y la integración de todo lo que han vivido, y ello los hace ser grandes, y sencillamente maravillosos. Las mujeres y hombres guanches evolucionaron lo suficiente para ser hoy en día una sana referencia del lenguaje entre lo femenino sostenido por lo masculino y viceversa. La mujer guanche aprendió a caminar y a entenderse con sus guerreros, y eso la honra. Desde este espacio, yo también los honro.

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