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Juan Henríquez

Nacionalizar

   

No es que de repente me haya entrado la fiebre marxista de la que en otra etapa de mi vida hice gala con orgullo. Han pasado cuarenta años y, aunque ideológicamente sigo estando en la misma trinchera, no podemos escapar a los cambios generacionales, sobre todo, en los avances científicos y tecnológicos. Para mí el descubrimiento de la informática, y de manera especial la red de comunicaciones que ofrece internet, ha sido un revulsivo vital de primera magnitud. Sin embargo, los avances sociales, el mundo del trabajo y las relaciones laborales, los mercados y la globalización de la economía, el deporte y la cultura, han sufrido una verdadera revolución, que, para los que hemos superado los sesenta, nos cuesta trabajo adaptarnos, y peor todavía, aceptar en muchos casos los nuevos valores de la juventud. De todas maneras, los calzoncillos de antes eran más cómodos que los de hoy, ¡coño, aprietan demasiado!

La introducción no es más que una muestra de madurez y lucidez, la misma que necesito para plantear, con rigor y credibilidad, una alternativa seria para superar la actual crisis: nacionalización. Tal vez alguien piense que es tarde para nacionalizar, que es una medida que debería de haberse tomado al principio de la crisis. La cuestión es que lo peor de la crisis está por venir, la segunda recesión golpeará con mayor virulencia a las empresas y al empleo, según los expertos en macroeconomía. Mientras, la banca, las multinacionales y las grandes fortunas siguen acumulando grandes sacas de beneficios que refugian en insólitos paraísos fiscales, sin que nadie se atreva a pararles las patas.

Una de las lecciones políticas que más me marcaron ideológicamente en mis años de juventud fue que el capital, como grupo de presión, siempre termina imponiendo las pautas de gestión y reformas a los gobiernos nacionales, y los arquetipos consumistas de la población. Algunos voceros de ese capitalismo abstracto e invisible hablan de bondad de los millonarios al reaccionar favorablemente para aportar más al erario público, cuando en realidad lo que intentan es abortar una política de nacionalización impuesta por la crisis económica. Ésa, y no otra, es la explicación a tanta generosidad repentina.

De momento, la grave crisis explica, y justifica, la nacionalización de las grandes empresas de la telefonía, eléctricas, siderurgia y, sobre todo, grandes bancos. Por supuesto que, atendiendo al carácter provisional de la medida, se intentaría, de una parte, garantizar que los beneficios respaldaran prioritariamente el mantenimiento de la productividad y el empleo, y en cuanto a la banca, gestionar los beneficios en líneas para cubrir servicios esenciales y de primera necesidad (salud, educación y servicios sociales básicos). Al menos habríamos logrado, digo con la iniciativa de la nacionalización, girar la tendencia de dominadospara convertirnos en gestores directos de más del 70% del valor añadido, que, fundamentalmente, generan las pequeñas y medianas empresas, con la aportación directa de los trabajadores y trabajadoras. ¡Nacionalización ya!

juanguanche@telefonica.net