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No estamos para fiestas > María Fresno

   

Dice un dicho anónimo: “La vida son tres días, dos de fiesta y uno de resaca”. Con la que está cayendo, es obvio que estamos en el momento de resaca. Los ayuntamientos ya han vivido la fiesta de los ingresos provenientes principalmente de las licencias de construcción y ahora les toca vivir la resaca de ese dispendio. Digerir el empacho de unos gastos que hoy se hacen irresistibles. Y es que hace sólo cuatro años el pago de los sueldos de asesores y externos [y hablo en plural] era tan fácil de cubrir como celebrar grandes fiestas para contentar a todo el municipio. El dinero fluía mientras las empresas encargadas de estos festejos brindaban con champán [del caro] viendo engordar sus sacas.

Pero los tiempos han cambiado. La crisis se ha adueñado del país y ahora las corporaciones locales están down en ingresos. Tienen el cinturón tan apretado que algunas no aguantan ya ni la respiración. Vamos, que es impensable un Carnaval de tres millones de euros como aquel de Rafael Amargo, ¿recuerdan?, donde sólo el director, o sea él, se llevó 200.000 euros.

La tijera llega. Y llega para todo. Los ayuntamientos, muchos arruinados, tienen que asumir que no hay dinero y que mientras haya familias sin recursos haciendo cola en los servicios sociales no pueden gastar en fiestas, verbenas y guateques. Los responsables municipales tienen la obligación de priorizar el gasto y no endeudarse hasta las trancas para organizar eventos mientras hay colas en los comedores sociales.

Los ayuntamientos no han querido ver lo que se les venía encima y han seguido con las celebraciones, aunque para ello tengan que tirar del crédito. Deudas que a su vez tienen agarrotado al empresario que, al no cobrar o cobrar tarde, se ha visto obligado a despedir a su gente. Y es que ya no es una cuestión de ética o moral, sino de buena gestión. Tiene razón el alcalde de Candelaria al pedir apoyo para la fiesta de la Patrona, que es de todos los canarios, pero también tiene que entender que las prioridades del Cabildo y del Gobierno de Canarias van más allá, porque todos preferimos un recorte en fiestas que en sanidad o educación.

Lo que pasa es que hasta en los festejos se hace política. Hay un gran vivero de votos en las fiestas y, mientras se mantenga contento al pueblo, el pueblo está distraído. Como a la plebe en Roma. Así se nos puede pasar por alto que los jefes de esas corporaciones en bancarrota se reunieron en un hotel de cinco estrellas para pedir más dinero al Gobierno y atender a sus ciudadanos. Por ello sería bueno volver a los tiempos en los que la iniciativa privada se hacía cargo de las verbenas. Sin costarle un duro al ayuntamiento y a cuenta y riesgo del empresario. Porque, aunque nos pese, no estamos para fiestas.