X
la columna >

Opiniones sobre la inmigración > Manuel Iglesias

   

Al igual que los años de expansión económica en España atrajeron un gran número de inmigrantes, la realidad de la crisis ha generado, por una parte, que se frenara la llegada de personas procedentes de otros países, y, por otra, el retorno de un número relevante, en función de que también en sus lugares de origen se abrieron unas posibilidades que superan la paralización anterior.

Está también el importante colectivo de inmigrantes que no se sienten “en tránsito”, es decir, que su objetivo ya no es el retorno, sino que se encuentran más o menos cómodos en el grupo social del lugar en que viven en España y han logrado una estabilidad de trabajo y de familia que les hace sopesar mucho lo que dejarían atrás aquí, frente a la vuelta al lugar de origen.

En Canarias, especialmente entre los sudamericanos, hay muchas personas en este contexto, tal vez porque las Islas tienen varias similitudes a la forma de ser americana y es más fácil la integración y adaptación, mientras se pueda conservar una forma de trabajo y unos ingresos que permitan la continuidad, algo más difícil cuando no se tiene un “colchón” de la familia inmediata para absorber el impacto de una posible crisis laboral o personal.

Llevamos ya bastante años recibiendo inmigrantes -después de haber sido un país emisor-, así que el hecho de su presencia ya es algo normal, o al menos lo debería ser. En una gran parte de los canarios, pese a su clara insularidad, hay una conciencia de que las identidades de los pueblos se integran en el mundo, y no puede existir diferencia en determinados derechos entre quienes lo pueblan, por diversas que sean sus lenguas o sus culturas.

Hay otra parte en que, aún aceptando la realidad de una globalidad, en una proporción importante cree que las señas de identidad social se basan en una “normalidad”, entendida ésta como el cumplimiento de las leyes y normas de convivencia propias y del lugar, y sienten temor ante los que no siguen esas pautas.

Y en el punto más extremo hay un sector de españoles que sigue siendo incapaz de aceptar que la inmigración no es ya circunstancial, sino asimilada a todos los campos de la vida.

Para ellos, la tradición, los lazos de sangre y los vínculos con la tierra son sus valores únicos y excluyentes, y todo lo que está fuera de su círculo es un peligro que hay que combatir.

No hay términos absolutos en esto, porque no todo el pensamiento individual o de grupo en la inmigración en ciertos dogmas, especialmente religiosos, es asimilable por la otra parte local (es difícil aceptar el que haya personas aquí que defiendan que alguien pueda ser condenado a muerte por apostasía, por cambiar al cristianismo desde el islam, como sucede ahora en Irán), pero, cuando se mesuran los extremos, nos encontramos con la realidad de que las mejores sociedades intelectuales y culturales, de una forma o de otra, siguen siendo producto del mestizaje.