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Por Leopoldo Fernández >

Pacto nacionalista

   

Tras siete años de desencuentros, los nacionalistas de Coalición Canaria y de Nueva Canarias tratan estos días de suscribir un pacto para acudir juntos a las elecciones generales del 20-N, sumando a sus fuerzas las de otras formaciones del mismo corte, como PNC y CCN, y, a posteriori, a grupúsculos menores de implantación insular. Parece un camino lógico, aunque tardío y sólo coyuntural, para evitar en lo posible esa dispersión de voto que castiga la Ley de D’ Hont. Y si de paso los nacionalistas de cualquier territorio autonómico consiguen arañarle votos al Partido Popular, para evitar hasta donde puedan la mayoría absoluta que prevén las encuestas, miel sobre hojuelas. Porque si el PP alcanza ese objetivo de superar los 175 escaños, los nacionalistas de todo pelaje y condición pueden prepararse para cuatro años de ostracismo y no sé si ninguneo -porque lo inteligente es contar con todos, en especial para los grandes asuntos-, pero sí de irrelevancia en Congreso y Senado.

Hasta ahora, salvo en los paréntesis de mayorías absolutas de González y Aznar, los nacionalismos han contado, y mucho, en la política de Estado; más de lo conveniente, según algunos, porque se han aprovechado, CiU y PNV, en primer término, de las debilidades de los gobiernos en minoría para sacar tajada política y económica allí donde han podido. Incluso han ido exigiendo un adelgazamiento cada vez mayor de las competencias del Estado hasta dejarlo prácticamente famélico y con pocas posibilidades de cumplir algunas misiones constitucionales, empezando por su responsabilidad redistribuidora y reequilibradora para lograr una mayor y mejor igualdad a favor de las comunidades autónomas más débiles y necesitadas. En el caso isleño, ni el Plan Canarias ni los desvelos de Aznar y su gente han otorgado a las Islas lo que a las Islas corresponde, empezando por esa media de inversión pública estatal que nos tiene a dieta presupuestaria desde hace años. Dicho lo cual, es una pena que este acuerdo nacionalista, de corte exclusivamente electoral, no tenga mayores aspiraciones previas. Porque, olvidados viejos personalismos y antiguas rencillas, sería deseable la fusión, que equivale a fortaleza, de todos los nacionalismos constitucionalistas canarios, mediante un programa ideológico común, en todo caso con dos corrientes al modo de CiU.

El pacto de ahora sólo pretende salvar los muebles y a estas alturas, dados los precedentes, ni siquiera se puede asegurar un entendimiento fraterno durante la próxima legislatura, a menos que queden cerradas y bien cerradas todas las vías de eventuales desencuentros, empezando por la portavocía y su funcionamiento.