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Por Miguel L. Tejera Jordán >

Papa y antipapas

   

Como todo el mundo sabe y no es necesario recordar, el Papa estuvo en agosto en Madrid para presidir los actos de la JMJ. Y a la par que cientos de miles de personas lo recibían y agasajaban, otros ciudadanos, de una plataforma laica, se manifestaban por calles céntricas de la capital, y aun por la mismísima Puerta del Sol (tan de moda en los últimos tiempos) para escenificar su oposición a la llegada del Pontífice. El que suscribe es cristiano y católico porque, cuando apenas tenía tres meses de vida, a mis padres -era la costumbre- se les ocurrió llevarme a la parroquia de Nuestra Señora de la Luz, de Guía de Isora, donde el cura don Sebastián Afonso García, icodense de pro, vertió sobre mi pequeña testa la concha que contenía el agua bendita. Obviamente, ni mis padres, ni el párroco, me preguntaron entonces -ni yo podía contestarles- cuál era mi opinión a tal respecto. Transcurridos muchos años, debo decir, en conciencia y con el mayor de los respetos, que un servidor no siente ninguna atracción por la Iglesia ni por su predicamento. Quiero decir que mi fe se ha debilitado hasta extremos que únicamente yo puedo imaginar. Y que mi diálogo con Dios (gran ingeniero del mundo, recto profesor, sabio excelso o energía positiva del firmamento…) es exclusivamente personal e intransferible, es decir, no necesita de intermediarios (ni seres, Papa incluido, ni instituciones, iglesias, religiones o creencias diversas). Dicho lo anterior y tras dejar constancia de mi laicismo profundo, he de precisar y preciso que una cosa es la fe de uno y otra la educación, la tolerancia y el respeto. O explicado de otro modo: que la visita del jefe de la Iglesia católica, a la que siguen en este mundo millones de seres humanos, se merece la consideración y la estima que cualquier ser humano lleva implícitas, especialmente si se trata de una personalidad destacada, incluso muy destacada, qué digo, destacadísima, por más que uno no esté ni pizca de acuerdo con lo que el Santo Padre predique. El Papa, el Dalai Lama, el Gran Muftí de Jerusalén o cualquier líder espiritual, sea el que sea. Creo que quien no quiere ver al Papa, lo único que tiene que hacer es quedarse en su casa, pasear por el monte o marcharse a la playa. Y que quien quiere ir a verlo -y escuchar su misa- está en su perfecto derecho de hacerlo. Verdad es que nuestra Constitución nos garantiza el derecho a la reclamación, la manifestación y la protesta. Y, por lo que a mi respecta, los antipapas pueden manifestarse contra el Papa las veces que les dé la gana si es lo que desean. Aunque yo preferiría que aprovecharan mejor el tiempo, por ejemplo, exigiendo al Banco de España que controle las tasas que nos cobran los bancos y cajas. La cosa puede resumirse de esta otra manera: en España hay ocho mil municipios y váyase a saber cuántas iglesias, parroquias, basílicas, conventos, catedrales o simples capillas. En todas debe haber campanarios. Y casi seguro que, cada domingo, o fiesta de guardar, el cura de turno ordena ponerlas a tañer para mayor gloria del Señor y para que los feligreses y creyentes acudan a la eucaristía. A mí, por la tolerancia y el respeto que mencionaba antes, no me da por ponerme a contar cuántos vecinos míos van al templo y cuántos otros se quedan en la plaza tomándose una cerveza. Tanto derecho tiene el que entra en la iglesia a que le den la comunión, como el vecino que se queda en el kiosco zumbándose la birra. La cosa es que cada cual haga lo que le apetezca sin que tenga que dar explicaciones a nadie. Se alega que la visita papal supuso un enorme coste en sueldos de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. También nos costaron un ojo de la cara los mundiales, los juegos olímpicos o la exposiciones universales de Zaragoza o Sevilla. Y no les cuento nada si hacemos números sobre lo que nos salen los militares españoles en Irak o Afganistán… A mí no me molestan ninguna de las manifestaciones. Yo no he abierto la puerta de España al Papa. Pero tampoco soy quien para cerrársela.