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Tomás Gandía

Perfiles humanos en gobernantes e influjos

   

La sicología no formula reglas fijas para adquirir ascendientes sobre las personas de nuestro trato. Es algo que espontáneamente resulta de infinidad de pormenores de procedimiento y conducta y que depende de las cualidades de cada uno, manifestándose a través de la personalidad. La experiencia de la vida ofrece numerosos ejemplos de la ascendencia moral de quienes a la superioridad de sus conocimientos y a la firmeza de carácter añaden un comportamiento regulado por la más estricta justicia, condición indispensable para que dimane del individuo por sí mismo y no de la posición social que ocupa o de la autoridad que ejerza.

El que no tenga actualizadas las características requeridas no podrá, por mucho que quiera y por muy elevada que sea su autoridad legal, tener la autoridad moral que no necesita agentes, que materialmente la apoyen. Probablemente, entre las condiciones individuales que el triunfo precisa es de especial importancia la del conocimiento del corazón humano y el tino en elegir a los colaboradores, porque está demostrado que por poderoso que sea el talento y prodigiosa la actividad de una persona no puede ni debe ella sola atender todas las cuestiones y detalles. Alguien dejó ordenado en su testamento que inscribiesen en su tumba: “Aquí yace un hombre que supo rodearse de otros que valían más que él”. En multitud de ocasiones causan admiración gentes que han llevado a cabo extraordinarias empresas; pero parece ser que el secreto se encuentra en que no sólo pusieron en acción sus individuales cualidades y sobre todo la fuerza de voluntad, sino que acertaron a retener a su lado otras voluntades tan recias como las suyas y sobre las que ejercían un sano ascendiente moral.

Las circunstancias y el ascendiente que sobre ellas realiza una voluntad perseverante son también condiciones necesarias para que el querer se convierta en poder. La petulancia es tan grave obstáculo para poseer ascendencia como la timidez. Casi siempre el que alardea de saberlo y poderlo todo acostumbra a no saber hacer nada a derechas. Pretende dar lecciones a todo el mundo sin otro fundamento que su empirismo. No muchos son los que tienen bastante discernimiento para conocer sus flaquezas y limitaciones. Los ademanes, gestos y actitudes espontáneos de un hombre o de una mujer revelan su carácter más abiertamente que su estudiada conversación.
Los ojos no mienten. Dicen la verdad en todos los idiomas y a menudo contradicen lo que se expresa con palabras. En esto, como en todas las cosas, se observa que el ascendiente es hijo de la aptitud, voluntad, circunstancias, del sentimiento del amor y no del temor, de la benevolencia sin debilidad y no del orgullo con aspereza.