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EL SALTO DEL SALMÓN

Pescado podrido > Luis Aguilera

   

Yo quisiera apropiarme de la frase “la estupidez no es mi fuerte”. Lo cierto es que debo aceptar, a expensas de mi ego, que hay muchas cosas que no me caben en mi tozuda y contumaz cabeza. Debo tener celdas cerebrales adonde la capacidad de comprensión no llega. Cada 11-S se me agudiza este estado de tontera que me pone de piedra el pensamiento. Por eso la semana pasada estuve temiendo el aluvión conmemorativo del décimo aniversario. Salvo que hagamos votos de abstinencia multimedia, en la práctica se nos obliga a engancharnos al tema. Y vuelta otra vez con las mismas imágenes, testimonios y expertos de todo pelambre y condición, y vengan mil veces aviones que se estrellan y torres que se caen.

Alcanzo a comprender que se haga memoria de las víctimas y de los actos heroicos que no discuto como ciertos. Ahora bien, lo que no me cierra es que entre tantos y solemnes actos y emocionadas oraciones, con manos al corazón y flamear de banderas, a nadie se le haya ocurrido hacer, que yo sepa, un pequeño homenaje a esos otros muertos que doblan en número al de las Torres Gemelas y que son víctimas directas del mismo acto terrorista. Me refiero, claro está, a esos seis mil combatientes legales que han dejado su joven vida en Irak y Afganistán. Ignoro si es porque entre ellos no hay hijos del Tea Party y sí mucha carne de cañón de color oscuro y apellido latino o porque sigue extendido el denso manto de silencio que no ha dejado ver los ataúdes del regreso. El Señor de los Ejércitos, que estuvo en la boca bíblica de Obama y en la blasfema de Bush, que fue quien los envió con una mentira al matadero, los ha dejado de su mano. Y ni qué hablar de los inválidos, locos y mutilados soldados que devolvió el frente y ni qué decir del ninguneo a las familias afectadas.

Los gringos nos han vendido mucho pescado podrido. Podría traer al caso los otros dos aviones de los que no hay, en tiempos de videocámaras, registro de su existencia. En especial el de Pensilvania. Basta ver el surco mentiroso donde dicen que se estrelló y que no tiene ni el ancho ni el largo de un avión. Parece que hubiera caído de punta y con las alas plegadas y se lo hubiera tragado de un sorbo la tierra para que no quedaran restos visibles ni esparcidos.

Pero hay otras cuantas cosas más que no desato. Una de ellas, el Estado Gran Hermano en que la Patriot Act convirtió el país de las libertades. Cada ciudadano sospechado y vigilado. ¿No era tal estado policial el gran terror al totalitarismo comunista? Igual sucede con la paranoia en los aeropuertos. Yo, lerdo, me pregunto: ¿y cómo entran a Estados Unidos cientos de toneladas de cocaína y marihuana? Y una última porque se acabó el espacio. ¿Qué nos han querido vender con la operación contra Bin Laden? ¿Por qué llaman bunker a una casa cualquiera, por qué el comando sumun supremo y los superhelicópteros silentes, uno de los cuales se les rompió en el patio, si apenas eran dos guardaespaldas somnolientos, un par de mujeres distraídas y un hombre desarmado? ¿Por qué no tuvieron valor para juzgarlo? ¿No tiene mucho de vendetta, a saña de mafia, que su asesinato lo siguieran en directo Obama y su cohorte? Repito: no entiendo nada. Estúpido que soy.