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Por Randolph Revoredo Chocano >

Pleito insular

   

Atenas y Esparta competían entre sí. A saber qué habría pasado si no hubiese existido tal rivalidad. Dos hermanos pueden competir por el amor de su madre o el favor de predilección del padre, ¡y quién dice que no pocas grandes personalidades han salido de esa constante lucha!

Ni somos ángeles, que nos amamos por el bien de la humanidad, no somos babosas que reptan luchando por recursos que son limitados, pasando por encima de montañas de cadáveres.

Competir no es ni jugar sucio -eso de lanzar puñales por la espalda- ni ir de juntos de la mano a la luz del atardecer. En el caso de las archipielágicas islas el asunto es particularmente interesante, porque casi, casi, esto es un laboratorio de colectividades claramente diferenciadas mar de por medio.

De hecho, corrijo. Competir sí que es clavar puñaladas por la espalda, mentir y traicionar, poner emboscadas y trampas, pero es una forma perversa de competir. Una patología en la misma manera en que es una patología el que no exista motivaciones de grupo (y de isla) por ser la más bonita, la más rentable, las más verde o la más internacional del archipiélago suertudo.

Una de las cosas que intelectualmente debo al idealismo alemán, es que cada idea o realidad tiene su doble cara, su tesis y su antítesis. Y que su comprensión permite conseguir la síntesis, la integración del conjunto.

Hegel, aunque pesadísimo y una jerga típica de filósofo profundo transmite esa idea, a la que aplicada al caso que nos ocupa, hace ver que competir y cooperar son caras de una misma moneda, que -interpreto- competir permite desarrollar los mecanismos que terminan definiendo las vías por la cual se puede conseguir la especialización, mientras que la cooperación es necesaria en la medida en que la especialización se traduce necesariamente en establecer relaciones con otros elementos que están igualmente especializados pero que cumplen funciones distintas.

Un riñón no compite con el hígado: después de un periodo de especialización celular -cuyo principio competitivo quizás hunde sus raíces en la evolución de los organismos complejos, en la oscuridad de los tiempos- forma parte de un sistema en que ambos órganos cumplen un papel perfectamente definido y concreto, que de hecho cuando falla o hay una confusión celular (o una rebelión) y las células jóvenes dejan de hacer lo que deben, la disfunción puede ser tal que termina acabando con todo el sistema. Un típico cáncer. Mortal a veces.

Por decir algo, Tenerife tiene la mayor concentración de hoteles, Gran Canaria la mayor concentración de apartamentos. Ambas tienen turismo. Fuerteventura tiene wind-surfing y El Hierro submarinismo. Tenerife tiene papas y vino, Gran Canaria tiene tomate y queso canario. Gran Canaria se planta con fuerza en materia portuaria, Tenerife lo hace en biomedicina y nuevas tecnologías.

¿Una competencia -bien entendida- es buena para las islas capitalinas? Puede llegar a ser buena en la medida en que ayude a la reflexión colectiva de cuáles son los papeles que debe cumplir cada una y en qué áreas pueden hacerlo mejor para crear más empleo y generar prestigio insular. ¿Que la rivalidad por crear puestos de trabajo al engancharse a la globalización pasa por una constante revitalización de objetivos y esfuerzos redoblados para ser más creativos -y ser distintos- y así conseguir más prestigio y beneficios sociales? Bendita rivalidad.

“¿Cómo se alcanzan más y mejores puestos de trabajo para esta isla?” Esa misma pregunta debe tener respuestas distintas en islas distintas, porque se parte de una colección de recursos por isla totalmente distinta. Que Tenerife tenga la oferta gastronómica más desarrollada de la región no es gratuito y va estrechamente relacionado con la elevada concentración de hoteles y con el hecho de que no esté desarrollado el modelo del todo incluido como lo está en Fuerteventura en el que hay déficit de oferta complementaria. Como tampoco es gratuita la tradición de Las Palmas en su relación (dada su cercanía) con África y la productividad de sus puertos.

Dos empresas con el mismo dinero, localizadas en el mismo sitio, se dedican a lo mismo y se plantean el objetivo de cómo obtener, por ejemplo, un 30% de rendimiento sobre el capital invertido el próximo año, obtendrán soluciones distintas de cómo lograrlo. Si, en tal caso, las dos terminaran haciendo lo mismo: a) no tienen idea de cómo pasar a un estadio más elevado de valor añadido, b) son tan mediocres que se copian a ciegas una de la otra y c) terminarán siendo pasto de las decisiones de terceros.

No competir es querer borrar del entramado genético que albergamos dentro aquello que hace esforzarnos por buscar las singularidades que nos definen. No cooperar es borrar de nuestra cultura lo que nos hace humanos, es lo que nos une y nos ha hecho grandes, lo que nos ha permitido matar al primer bisonte hace cien mil años; es lo que nos demuestra que podemos alcanzar metas solo dignas de un soñador o un poeta.

Son las dos caras de una misma moneda.