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Por el Sahara: carreteras (IV) > Rafael Muñoz Abad

   

Muy temprano y resacado del Ramadán salí de Villa Cisneros en un viejo Mercedes sin luces con la intención de llegar a la frontera con Mauritania, razón por la que no había tiempo que perder.

A día de hoy Marruecos ha liberado el tráfico hacia el sur; más allá de que hacerlo en coche compartido sea la única manera; puesto que no hay autobuses que crucen la frontera. Un chófer saharaui, un copiloto mauritano, un canario, un catalán y un marroquí.

Ya sé que suena a chiste. Una buena mesa de negociaciones que durante casi seis horas resolvió el problema del Sahara tras cubrir los más de quinientos kilómetros que separan Dakhla de Nouadhibou.

De Río de Oro hacia el sur apenas hay una gasolinera; un suntuoso hotel de carretera; poblados de pescadores en medio de la nada, y urbanizaciones fantasmas totalmente terminadas que aún esperan inquilinos.

No termina de funcionar la idea marroquí de desplazar colonos al territorio. La angosta y transitada vía de doble sentido poco a poco va siendo devorada por la lima de la arena. En un inicio discurre paralela a la costa; hasta que con un volantazo se dirige hacia el interior, donde piedritas amontonadas en los altillos de arenisca que la flanquean recuerdan a los gendarmes que el Polisario los vigila desde el anonimato.

Una vez llegas a la frontera del Sahara-Marruecos te toca esperar y pagar. Un atasco de camiones sobrecargados de hermosas naranjas marroquíes; frigoríficos que acuden a las lonjas de Mauritania; retornados “engalanados” cuyo destino es Senegal o alguna Guinea; coches de lujo que han sido robados el día anterior en Alemania para ser vendidos al otro lado de la frontera; aventureros de media Europa, y una colección de Mercedes 190 [coche nacional de Mauritania], nos apelotonábamos para que los funcionarios marroquíes nos sellaran los pasaportes de salida. “Tú tienes cara de llevar hachís…; abre la maleta…”, me decía el gendarme. Entre el Sahara y la frontera mauritana hay un país mítico que apenas tiene seis kilómetros de anchura. Se trata de la Tierra de Nadie o Kandahar, que es como afectuosamente se la denomina.

Un descampado atravesado por una pista cuya especialidad es reventar culatas; y cuyos márgenes, según cuentan, aún están repletos de minas de la guerra del Sahara.
Buena fe de ello parecen ser las docenas de coches calcinados que en sus bordes yacen a modo de testigos para el acojonado viajero que por allí cruza.

¿Nuestro chófer?, me río yo de Carlos Sainz. Menudo fenómeno al volante. Desde Dakhla vino limpiándose los dientes con una rama que no guardó hasta no sortear el último socavón de la citada Tierra de Nadie. Cruzar este arrabal es una auténtica experiencia; más siendo testigo con tus ojos de algo que ya es mítico en los viajeros del Sahara.

¿Lo que no tengo tan claro es cómo pasarían los cochazos que en la frontera esperaban? Por fin, en Mauritania, y una vez comprobados los visados, ya sólo nos separaban unos pocos kilómetros de Nouadhibou. “¿Cuál será su recorrido en el país…? ¡Ahh, el tren de mineral!. ¡Europeos locos! ¿Eres de Tenerife? Bien, bien…” Me gustan los mauritanos; saben mejor que muchos peninsulares donde están las Islas Canarias.

La entrada a la península de Cap Blanc es espectacular. El blanco inmaculado de la arena te ciega, y ese paraíso natural que es el Banc d’Arguin asoma cual acuarela de dorados y turquesas. Un Monet africano pintado al trazo cristalino y difuminado de una lengua de mar que anega una vasta marisma aún virgen; remanso de paz, que incluso el silencio ahoga durante los kilómetros en los que a duras penas cubre tus rodillas.

Me pareció ver el paraíso. La carretera que me trajo desde El Aaiún hasta Nouadhibou, conjuntamente con el paso de los socavones, es parte del cordón umbilical o cuello de botella en el que miles de africanos confluyen según dejan la organizada Europa para conducir a sus respectivas áfricas natales.

*Centro de Estudios Africanos de la ULL | cuadernosdeafrica@gmail.com