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Por el Sahara: los últimos… (III) > Rafael Muñoz Abad*

   

Al Sahara me fui con varios objetivos. Entre muchos y emulando esa frase que hace referencia a los Últimos de Filipinas, con la intención de saber qué hacen los españoles que por allí quedan; topándome con no pocos compatriotas que por esos lares viven felices y alejados del término superviviente.
En el Aaiún agradezco la cordialidad y la hospitalidad de Castilla. Un empresario de la hostelería que vive a caballo entre Las Palmas y su residencia africana. Expiloto de aquella malograda Spantax y que mucho me habló de la realidad de la excolonia española; y de la ilusión que le haría ver su acogedor hotel Alhambra lleno de turistas españoles.
Camino de Dakhla acabé en casa de mi amigo Mariano Vidaller. Un enamorado de Río de Oro y su cielo de cristal, que allí un nuevo proyecto de vida ha decidido edificar. De cháchara hasta las tantas me contaba cómo no hay pasado que África no logre diluir; sobre todo el de aquellos que en la miseria de la abundancia material se han revolcado; o la suerte que tiene aquel, cuando todo lo pierde, para reencontrarse en medio del desierto bajo un colador de estrellas. Tú que cambiaste una treintena de deportivos por un baúl rebosante de luz; por un disco repleto de silencios; por llenar de arena tus bolsillos, y por el suero de la ilusión, bien que lo sabes amigo mío. De nuestras tertulias en Villa Cisneros siempre guardaré un grato recuerdo, y sabedor que tendrán su continuación, a su aprendizaje me aferro.
Me relata Mariano que ahorraría para una autocaravana que lo llevase por esos páramos. ¿Qué tiene el desierto y sus vacíos cuyas segundas derivadas para siempre te atrapan? Me rememora mi tío Escolástico alguno de sus vuelos sobre un océano de arena a bordo de los viejos trimotores Junkers de la aviación franquista.
Nostalgia de narración en blanco y negro, que en lamento se torna al llorar la pérdida de una maleta repleta de mil recuerdos de El Aaiún, Smara y Río de Oro.
Cenando en Dakhla, me cuentan Manolo y otro agradable empresario canario (ambos relacionados con el sector de la pesca), cómo han llevado a cabo un estudio para recomendar al Gobierno marroquí la conservación de la que posiblemente sea la mejor almeja del mundo. El de estos señores, todo un ejemplo de iniciativa empresarial.
En contraposición, tenemos el conocido mar de palabrerías y sandeces con el que los politiquillos canarios nos obsequian al hablar de un África al que apenas en un mapa logran situar. El urbanismo español sobrevive hasta La Güera. Localidad fantasma ya muy al sur; donde la arena se ha tragado el yugo y parte de las flechas que aún anuncian lo que en su día fue una oficina de correos.
Voy dejando el Sahara Occidental con pena; entendiendo a los que allí viven; envidiándolos un poco también; con la impresión de que las personas sobreviven a las banderas; comprendiendo cómo la nostalgia de María Jesús Alvarado y Maribel Lacave parió un poemario lleno de arena, sal y viento en Isla Truk, y por encima de todo agradeciendo a los no pocos españoles que todavía allí trabajan y viven, la camaradería y la hospitalidad con la que fui recibido desde El Aaiún hasta Villa Cisneros. Gracias señores.

*Centro de Estudios Africanos de la ULL
cuadernosdeafrica@gmail.comE