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cuadernos de áfrica

Por el Sahara: Río de Oro (II) > Rafael Muñoz Abad

   

Me levanto temprano con el propósito de recorrer los casi quinientos kilómetros de una angosta carretera; de una vía atemporal; diseño en blanco y negro cuyos estirados trazos aún evocan parte del pasado colonial español. Obra que no parece presentar mayor inconveniente que el trazar una recta de punto a punto. Así, bajo tan monótono camino, y a la retaguardia de un retrovisor que todavía huele a Ramadán, el viajero va dejando atrás la tensión de El Aaiún. Creo que solamente el chófer encorbatado, una saharaui y yo, somos los únicos que hemos madrugado en la fresca mañana de Laayoune. El camino es un goteo de controles policiales donde sólo el extranjero es interrogado una y otra vez. ¿Cuál es su profesión?; ¿cuál es el motivo de su viaje?; ¡ah!, es usted canario, bien, bien; adiós.

Nos cruzamos con muchos dromedarios; algunos en medio de la carretera. La paliza de seis horas se ve recompensada con el regalo para la vista que supone la entrada al brazo de tierra que con su dorado abrasa la mar. Tal vez era este El Dorado que el loco de Raleigh buscaba en el Orinoco. La península de Río de Oro es un espectáculo natural de dunas, y una idílica ensenada donde el turquesa de sus playas empieza a recibir algo de turismo. Rincón olvidado y filón de belleza que a nada que se explote pondrá al sector turístico canario en jaque. Dakhla o Villa Cisneros -igual me da- evoca El Médano de hace treinta años. Aquí todo es más relajado; me costó ver policía; iría de paisano, y eso la cámara lo agradece. El viajero la define como la capital turística del Sahara Occidental. En esta Meca de la pesca y los cultivos marinos, del windsurfing, donde algunos empresarios canarios invierten con inteligencia ante el ostracismo y la palabrería del resto del prejuicioso tejido empresarial canario respecto al África vecina, casi hermana, les adelanto que se come de maravilla.

Dakhla es la puerta para negociar, nunca mejor dicho, un transporte para cruzar Mauritania; generalmente, un viejo Mercedes Benz 190 donde nos hacinamos cuatro personas con equipaje y el conductor. Villa Cisneros también tiene su iglesia. Elegante y espigado sueño colonial que hace recordar al legionario que a su puerta montaba guardia. El ambiente es estival, lo cual no te resguarda de un atardecer fresco. Me cuenta un afable windsurfista marroquí que Dakhla es un lugar especial; repleto de luz, donde la gente vive tranquila y reina la tolerancia. Al día siguiente nuestro chófer saharaui lo corrobora. Y yo que me alegro.

La noche previa a cruzar hacia Mauritania la gastamos comiendo como marqueses; conociendo gente, y hablando con Manolo. Un amabilísimo empresario local criado en La Laguna; vestido a la mauritana, y que se maneja con un humor británico -vaya mezcla-; en tono chistoso se lamenta de haber perdido su identidad en aquel fatídico 1975, cuando él ya pensaba que era español y al día siguiente huérfano se levantó. Pensó en telefonear a Franco, pero alguien le dijo que había muerto, y que en su lugar le cogería el teléfono Hassan II, y que ahora sólo llamaría a La Moncloa para cagarse en ellos.

La mesa del concurrido restaurante Samarkand, que ya avanza hacia la madrugada, es una amena reunión de canarios, marroquíes y saharauis. Cumbre de la camaradería y las risas de la que deberían aprender los políticos. De la ciudad de El Aaiún salí confuso; de Dakhla me voy esperanzado por una convivencia que allí me demuestran factible. Me espera el Mercedes, y un sillón repleto de chinches de las mil nacionalidades que habrán cruzado en él el desierto.

* Centro de Estudios Africanos de la ULL | cuadernosdeafrica@gmail.com