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Rafael Muñoz Abad *

Por el Sahara: soy saharaui (I)

   

Buenos días señor, soy saharaui, te dicen en un claro castellano que ya me gustaría para mí. Buenos días, le contesto; y a los pocos segundos te muestran un histórico DNI; siendo entonces cuando [como español] se te cae la cara de vergüenza por otra más de nuestras lamentables “hazañas”. El viajero que llega a El Aaiún siente dos cosas. La primera es la desbordante hospitalidad del pueblo saharaui que, portando poco en sus alforjas, crea el milagro de dar lo que ellas no tienen; donde los niños te paran por la calle para decirte con entusiasmo que estudian en Badajoz o en Jaén. La segunda sensación es la tensa calma que la capital del Sahara respira en cada una de sus vigilantes esquinas. No tengo claro si el urbanismo de El Aaiún es una radiografía del Taco de los años sesenta, o es el barrio tinerfeño El Aaiún actual. La llegada al territorio comienza en la sala de embarque del aeropuerto de Gando; donde una cola multicolor se apelotona para embarcar en la guagua aérea que en apenas una hora te lleva a África. Es Ramadán; y aunque no seas musulmán, los horarios comerciales te fuerzan a cumplir con Alá. El hambre aprieta; y las ocho de la tarde se antoja un lejano horizonte para el remilgado estómago del occidental recién llegado. La noche de El Aaiún es un orgasmo de colores, ruidos y sabores. Los mercadillos bullen de gente y la viva herencia de la colonización española se manifiesta en forma de no pocos Santana; algunos de ellos aún portando las desgastadas marcas del Ejército español. El tráfico es un insoportable goteo que se regula bajo un sublenguaje de guiños de luces y pitas. ¿Policía? Mucha; la que ves, pero sobre todo la que no ves que ya venía junto al viajero en el vuelo procedente de Las Palmas. Desde luego, si hay un sitio seguro es el Sahara Occidental. En casa de Babqjir -el menor de catorce hermanos- comemos y dormimos como ellos.O te adaptas o les haces un feo inadmisible; y otro desplante después de la bochornosa retirada de 1975 sería imperdonable.

El Aaiún pertenece al club de ciudades donde la presencia de los coches de Naciones Unidas te deja clara que hay algo que aún no está resuelto. Nadie habla bien de la Minurso (Misión de Naciones Unidas para el Sahara Occidental): “… están aquí de vacaciones; encerrados en el hotel Nagjir bebiendo cervezas y contando los días que les restan para volver a sus países con un buen puñado de dólares en la buchaca”. Al viajero poco docto no le es sencillo distinguir al marroquí del saharaui. Eso sólo significa una cosa: prudencia. A favor de ambos destaco la amabilidad y la educación al trato recibido. Nadie puede negar que Rabat invierte en la zona: calles limpias; autobuses que operan con una puntualidad suiza; oficinas bancarias eficientes; una epidemia de banderas de Marruecos, y retratos del monarca que ondean en lo alto, con objeto de que nadie se olvide de quien manda allí; y en general, una triste sensación de seguridad. La visita acaba en la iglesia de El Aaiún. Templo regido por Valerio. Un amable padre congoleño que calma la fe de los pocos feligreses que acuden a una misa rodeada de minaretes. Te vas de El Aaiún más confuso de lo que llegaste. Los casí quinientos kilómetros que te separan de Villa Cisneros -¡Inshallah¡- se hacen cortos bajo la avalancha de preguntas sin responder. Vuelvo a agradecer a ambas partes su cortesía. Dejo El Aaiún por un todavía soñoliento retrovisor; y es que no hay Ramadán para la moderna compañía con la que viajo. Ahora comprendo las palabras de un conocido que ha recorrido la zona y asegura que ambas partes en realidad no están tan alejadas de una convivencia. Sólo falta el catalizador español. Respecto a España, ¿cómo es posible que adolescentes me hablen maravillas de Aznar y Franco en lo referente a su posición con el pueblo saharaui y detesten al actual presidente? Que vergüenza siento.

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