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Responsabilidades educativas > Tomás Gandía

   

Se nos dice que “probemos todas las cosas y retengamos fuertemente las que sean buenas”. Está a nuestro alcance el aferrarnos a ideas y prácticas que funcionen bien y, al mismo tiempo, mantenerlas sujetas a revisión cuando surgen circunstancias en las que no parecen funcionar o cuando el conocimiento nuevo demuestra que nuestras ideas y prácticas pueden mejorarse. Existe una actividad o tarea que, quizás más que ninguna otra, requiere readaptaciones constantes, porque es un mundo eternamente nuevo donde se trata de auxiliar a los alumnos para encontrar un lugar provechoso. En tiempos pasados, el pensamiento sobre temas educativos, no solo en el campo de la teoría sino en el de la administración y de la práctica escolar, tuvo un predominante carácter defensivo. Partió de suposiciones, y procedió a buscar razones que viniesen en apoyo de una política educativa de conformidad con esas suposiciones. Esta clase de pensamiento, comúnmente conocido por deductivo, tiende a conservar las cosas tal como están. Produce estabilidad, pero impide el progreso. El descubrimiento de conocimiento nuevo, la revalorización de viejos conocimientos, la adaptación de actitudes mentales y de la vida en general a los modernos avances y condiciones, surge y siempre ha surgido con el uso de lo que generalmente se denomina pensamiento científico, también llamado experimental, analítico, inductivo y pragmático. Es naturaleza de la mente operar en ambos sentidos. Sin embargo, el pensamiento deductivo, filosófico, metafísico… es más fácil, porque al aceptar ciertas convicciones, ideales y credos, nos acostumbramos a ellos, observamos que otros muchos los admiten también, y hasta para discutirlos se necesita un esfuerzo. El hacer esto puede acarrear la desconfianza y probablemente el desvío de amigos. Resulta mucho menos vinculante, problemático y complicado el concordar y sostener que demostrar ser un agresivo discutidor y no conformista. Alguien ha dicho que hay la obligación, para con nosotros mismos y para con las futuras generaciones, de someter todas nuestras más inviolables y estimadas convicciones al análisis imparcial y a la reconstrucción, una vez en la vida. Puede decirse que aquellos que están dedicados a la obra de la educación estarían obligados por singulares deberes morales a estudiar sus tareas científicamente, y a enseñar a alumnos a pensar científicamente, ya que sobre la escuela, más que sobre ninguna otra institución u órgano de la comunidad, descansa la responsabilidad de adaptar a ciudadanos a un mundo que está constantemente modificándose.