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Conrado Flores

Semáforos

   

Todos nos lo hemos preguntado alguna vez, sobre todo al volante. ¿Son necesarios tantos semáforos? No lo sé, pero me atrevería a decir que hay una avenida en La Gallega que tiene más semáforos que la 5ª Avenida de Manhattan. Y yo no tengo nada especial contra los semáforos, ojo. Te permiten cruzar la calle, tienen luces que brillan en la oscuridad y sirven de punto de partida a numerosos artistas callejeros de enorme talento. Nada que objetar. Me refiero a “ese semáforo”. Sí, ese que tienes ahora mismo en la cabeza y que cuando te paras bajo su luz roja miras para todos lados a ver si pasa algo. Pero nunca pasa nada. Ya sabes de cual te hablo, todos tenemos nuestro favorito. Y es evidente que alguien mucho más listo que tú y que yo lo puso ahí por algo, pero cada vez que pasamos a su lado pensamos “¿qué hará este semáforo aquí?”. Mi favorito vive privado de color y tiene casi siempre una luz amarilla intermitente, que es como si te dijera “sigue, no te pares, pero ve con cuidado”. Le tengo hasta cariño.

En otro tiempo, cuando había menos prisas y menos coches en las carreteras, los conductores hacían lo mismo que los peatones hacen por las calles: usar el sentido común. Cuando dos personas caminan por la acera en direcciones convergentes y están abocadas a la colisión sólo hay dos posibilidades: por educación, una de las dos se aparta y cede el paso a la otra, o ambas se pegan un rato como los cochitos locos. Nunca nos da por pensar “yo tengo la prioridad, vengo por mi derecha y ella acaba de salir de la pizzería mirando el móvil”. No. Es más, cuando chocamos a pie solemos ser bastante educados con los demás y preocuparnos por si les hemos hecho daño. Por el contrario, dicen los expertos que las personas nos transformamos y somos mucho más agresivos cuando vamos al volante. Va a ser por eso lo de los semáforos.