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Si te dicen que ya no estoy en Radio Club > Carmelo Rivero

   

En los últimos 32 años he vivido en Radio Club. Mañana, tarde y noche como en un caravasar. El lunes día 5 le di un abrazo por última vez a la puerta principal de la emisora en la avenida de Anaga -como en un planking puesto en pie-, por si, en efecto, no vuelvo a franquearla nunca más después de la noticia, que ha sido la más amarga de las noticias que me han contado en los últimos tiempos y que hablaba de un señor de 54 años, casado y con un hijo de diez meses, al que despedían después de más de tres décadas de trabajo en una empresa que no cotizó por él a la Seguridad Social, aunque parezca inverosímil. El sujeto de la noticia era el mismo al que se la daban. O sea, yo.

La soledad del despedido solo la sabe el que la padece. Es lo más parecido a un cero eléctrico emocional. Un apagón. En mi caso, me apagaron por dentro. Pero, por más que reclamé, no me pagaron por fuera un céntimo de indemnización por los servicios prestados. Eso no. En esta crisis, han sido despedidos centenares de compañeros de profesión, que engrosaban las listas del paro. Mi caso es tan relevante o irrelevante como cada uno de ellos, ni más ni menos; solo el grado de conocimiento de mi persona es lo que abulta la noticia. Buena parte de los periodistas parados, por suerte, quedaron con las espaldas cubiertas temporalmente bajo una prestación por desempleo. En mi caso, no tengo derecho a ese privilegio universal y, por mucho que a algunos les cueste creerlo, tendré que malvenderme para vivir mes a mes, multiplicando a partir de ahora las posibles colaboraciones por las horas que no tiene el día. O mi familia sufrirá con carácter inmediato los efectos de un despropósito camino de los tribunales. No tengo las reservas que se me suponen tras una larga vida profesional, y quienes con la mala fe que les caracteriza (saltando de alegría al verme en la calle) me alinean con el poder -esa añagaza que difunden de siempre cuatro trileros-troleros de este oficio para desprestigiarme-, siento defraudarles: no soy de su ralea y por eso nunca me enriquecí. La mayoría de los compañeros parados, como digo, fueron indemnizados antes de perder el puesto de trabajo. A mí me han señalado el camino de la puerta con la frialdad de una flecha pintada en la pared. Y me he ido, a la espera de lo que diga un juez.

Conté los escalones, pensé en 32 años mientras los bajaba por última vez hacia mi Yoknapatawpha del alma, que quienes me conocen saben que es la avenida de Anaga, el condado de Da Gigi. Y no me traicionaron las lágrimas del desgarro casi visceral que representaba para mí tan solo pensar que no volvería a subir esos peldaños para hablar por la radio con la gente como cada uno de los días de los últimos 32 años vividos delante de un micrófono. He hablado más por la radio entre esas cuatro paredes que fuera de ellas en todo este tiempo. Me dije que me despedían porque habría durado demasiado una imposible historia de amor.

Yo he querido a Radio Club con la pasión de un amor sin fin, que superó todos los estragos y traiciones. Me la presentó formalmente Paco Padrón en 1979, y un poco antes, estando de paso con mi hermano Martín, lo hizo Juan Rolo, sin saber que de niño ya había pisado aquellos estudios de Suárez Guerra de la mano de una diosa de la radio: Genoveva del Castillo, que me recitó en antena unos versos de mi propia inspiración. Después, el idilio cogió un rumbo fatídico: parecía que era para toda la vida. Y eso es fatal si un día se rompe traumáticamente. Ese lunes se rompió de un modo unilateral. ¿Se acabó el amor de Radio Club hacia mí? Sin duda. Bajé las escaleras metabolizando ese desengaño horrible. No entiendes que te dejen de querer. Ni siquiera las paredes, las mesas, los micrófonos. Y, por supuesto, las personas que tienen la última palabra. Creo que hay un puñado de compañeros y compañeras, que allí quedan o ya se han marchado, que me guardan de verdad el afecto que yo les profeso. Pero es inevitable sufrir el duelo del adiós. Mi propio pésame.

Le dije a quien me transmitió la decisión que cometían “un crimen” conmigo. Porque eso es lo que sentí. Un disparo en la frente. Me fui a casa desangrándome por dentro. Con el Premio Canarias haciéndose pedazos por el camino, creyendo oír las burlas de más de uno detrás de mí. Hablo en serio. Acaso es la profesión la que me expulsa. Siempre fui un inadaptado. Tuve miedo a parecer petulante por el misántropo que me acompaña como un heterónimo de Pessoa. Y me mantuve demasiado solo, sin formar camarillas, clanes, sectas puntocom. En lugar de padrino de nada ni de nadie, sí me sentí muchas veces estos años padre (y a veces padre frustrado) de muchos buenos periodistas que iba viendo nacer y prosperar en las élites ejecutivas de este oficio de artesanos tristes, como dice Alfonso González Jerez. Solo. He estado siempre más tiempo solo que rodeado. Mis amigos son los de antes, durante y después, o sea los mismos, una media docena escasa, a quienes veo de San Juan a Corpus (fíjense, cuanto conspiramos, por cierto). Y ahora me apena dar este disgusto a quienes eran mis amigos en la sombra. Que los oyentes me perdonen por que les deje de hablar. Echaré de menos los comentarios y los desayunos del Mencey. Echaré de menos a Multiópticas Rodríguez, que no me quitó el patrocinio ni en los peores trances de la crisis. Guardo un recuerdo de Gilberto Alemán inventando oficios cuando se quedó si el oficio de toda su vida. Éste del que me echan.

El lunes día 5, a la una, la directora de Radio Club Tenerife, Lourdes Santana, fue la persona designada para darme la mala noticia de la SER. “No vas a seguir en Radio Club”. Sin indemnización, sin derecho a paro. En la calle. A sabiendas de que es falso, me despiden como un colaborador ocasional (32 años de pasantía). Esa idea no cabe en ninguna cabeza, y decenas de miles de oyentes son testigos de las horas en que me prodigué cada día ante el micrófono de Radio Club, como una fratría donde trabajar era para mí vivir. La mentira apoteósica que nadie se cree, ni los crédulos interesados, o estaríamos todos locos.

Cuando Polanco vivía, yo creía ingenuamente que viviría cien años. Polanco era un hombre poderoso cargado de sencillez. Una vez me dijo en la puerta de su despacho de Santillana, en Madrid, con desconsuelo. “¿Y ahora te vas para Tenerife? ¡Qué suerte! Yo tengo que esperar hasta el viernes por desgracia”. Adoraba a la Isla, al sol de la Isla, donde tenía una emisora en la que yo trabajaba de sol a sol. Una noche, en el despacho de Xuáncar, nos anunció con los ojos humedecidos que estaba dispuesto a ir a la cárcel antes de pagar la fianza por el caso Canal Plus, la indecente persecución contra él y Cebrián. Uno de aquellos veranos en que se mudaba a Tenerife para olvidarse del mundo, tardó en recibirnos a mi hermano y a mí -algo tan impropio en él que era para extrañarse-. Tardó mucho. Y al cabo de un largo rato, irrumpió en el vestíbulo del Jardín Tropical -su hotel general antes del Abama- y nos contó que había estado vomitando toda la tarde. Fue la primera vez que caí en la cuenta de que Polanco era humano y un día se iba a morir.

Pero yo nunca reparé en que jugaba con fuego trabajando en un sitio sin estar en plantilla, llevado de eso que ya no se usa ni ahora, ni antes de la crisis: la buena fe. Yo cumplí todo este tiempo con mis obligaciones y pequé de confiado.

A decir verdad, nunca pensé que viviría muchos años. Hace diez meses, cuando mi hijo Ángel Benza nació, me prometí regularizar mi situación laboral en la radio. Por él. Lo primero que hice, ante el cambio de dirección (Lourdes Santana por Xuáncar, camino de la COPE), fue hacérselo saber a la empresa, pero no fue posible alcanzar acuerdo alguno y ahora los tribunales tendrán que decidir: si soy un colaborador machaca esporádico o, formalmente, un trabajador por cuenta ajena con todos los derechos, que tenía que estar en nómina desde hace 32 años. Yo siempre supe que no podía enfermarme para no dejar de trabajar. Ahora sé que no podré jubilarme dignamente nunca. ¿Quién me devuelve 32 años sin cotización?

Polanco, en efecto, murió. Y la SER, a mi juicio, empezó a dar bandazos como un muñeco de trapo, sin alma. Ya no está Daniel Gavela. Ni Antonio García Ferrera. Ni Carlos Llamas. Ni los González, Castaño y Lama, ni… No queda nadie de entonces, con quienes conviví meses en Radio Madrid mientras hacía con mi hermano Martín la biografía de Iñaki Gabilondo, que tampoco ya está ante los micrófonos de la SER. Incluso, en sus días de mayor gloria, con más de tres millones de oyentes, el genio de la radio en España me preguntó en el comedor de su casa: “¿Qué dicen de mí los jefes? ¿Crees que me quieren?” Su mayor temor era que un día le dijeran en la cara, como al histórico Antonio Calderón: “No vas a seguir en la SER”.

En Buenos Aires, antes de que cayera la tarde y nos acribillara a balazos el frío, me cité en una taberna con Carlos Carnicero. Cuando llegué, estaba escribiendo en el ordenador, en una de las mesas, feliz como un niño con barba postiza de adulto glotón en su arcadia. “Sí, aquí la verdad es que soy muy feliz”, nos dijo a mi esposa y a mí como si presintiera que no podía ser duradera una dicha tan grande. Cuando nos despedimos, se me grabó su mirada melancólica de español a gusto en América, que le llevaba la contraria a Cernuda triste y trasterrado.

Carnicero no tenía nostalgia de España, ni mucho menos, le aburrían los monotemas de sus compatriotas y agradecía tomar distancia y vivir allá lejos, cuando no en Cuba. Pero me dijo adiós con un presentimiento en los ojos infantiles temiendo que le quitaran el juguete de Argentina de las manos. Y, por si acaso, cerró el ordenador, que también dijo adiós.

Cuando el otro día lo despidieron recordé aquella escena. Son esas premoniciones que vamos acumulando en la vida. Cuánto dicen, incautas, las miradas. Cuánto callan las palabras para no desmentirse. En otra arcadia mesetaria de la España peninsular, imagino a Carlos Blanco, ya autodespedido de la SER, en una placentera prejubilación que ya quisiera para mí poder disfrutar algún día. Me temo, Ángel, que no va a ser posible, salvo trabajar toda la vida que me reste.

Pasé las últimas vacaciones en Perú. Busqué hasta el último día un mamey por encargo de mi amigo José Antonio Pardellas, se lo conseguí. De vuelta al ferragosto de Santa Cruz, se lo entregué en mano. Y los dos ya sabíamos que no íbamos a volver a estar en la tertulia de Tajaraste. ¡Qué se va a hacer!

Cuando Martín y yo escribíamos en Triunfo o El País; cuando yo le di a los 12 años aquel soneto a don Víctor Zurita, que lo publicó en La Tarde; cuando nuestro tío Paco el librero nos leía de noche los artículos que escribía a lápiz sobre ópera; cuando Manuel García Padrón me contrató en su despacho de abogado de la calle Castillo con la condición de estudiar a todas horas si no tocaban la puerta o sonaba el teléfono, me dictaron lecciones de humanidad que nunca olvidaré.

Por eso este lunes, una vez despedido, me acordé de todos ellos. ¿Por qué nos habremos deshumanizado tanto? Ni siquiera en Up in the Air funcionan los despidos telemáticos, y el que ha visto la película sabe que Ryan Bingham (George Clooney) acaba imponiéndose a la máquina y es rehabilitado para despedir en persona a los trabajadores que caen en desgracia, una vez fracasada la videoconferencia. El guión de mi historia es aún más macabro: te despiden cara a cara sin la paga del mes y, al irte, ese sitio ya es tu cenotafio.

Me levanté el lunes, me duché y me afeité para ir a mi propio funeral en Radio Club. Ahora que estoy muerto en la radio puedo decir qué se siente. Ganas de volver a empezar. De cero.