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Por Carmelo Rivero >

Siete claves

   

Canarias: siete claves políticas se publicó hace 20 años. Era un libro coral de coautores, que escribí junto a Martín, y regresa a mis manos, cuando retornan los socios al Gobierno, como si una resaca dispusiera qué historias se repiten. Apareció en la colección La quinta columna de Ediciones Idea y el Centro de la Cultura Popular Canaria. Nos tomábamos muy en serio aquel bisoño autogobierno cuando a todos quitaba el sueño el siglo XXI. Un retrato para conocernos en una tierra de desconocidos. Eran días febriles, a finales del siglo pasado, con la división universitaria en la calle. La cohesión vino después. Los gobiernos -los pactos- se rompían sistemáticamente; la estabilidad (el volcán dormido) también es algo nuevo.

El trasunto del tándem Saavedra-Hermoso (1991) es la entente entre Paulino Rivero y José Miguel Pérez (2011), que regresan al escenario del crimen en la máquina del tiempo a evitar el derramamiento de sangre. Era un libro dialogado para echar por tierra la acrimonia del momento. El pacto de hormigón y aluminosis (copyright de Tomás Padrón) duró la mitad; la censura de Hermoso va durando 18 años. Padorno inventó el adverbio jerónimamente para definir el estilo Saavedra (el Miterrand canario, me dijo un corresponsal francés), que nos confesó sus dos deseos: embajador ante el Vaticano y ministro de Cultura. Un libro introspectivo para escuchar la respiración política de las islas, su apnea al borde del infarto. Fernando Fernández apodaba Kissinger a Olarte, a quien sólo cabía hacer una entrevista policíaca: le mataron al secretario, decía que el MPAIAC le quiso matar a él, y declaró la guerra del descreste. Hermoso se metió a Las Palmas en el bolsillo, precedido de una fama fricativa de político anticanarión. Y nos reveló que un ministro catalán de Felipe González, le dijo: “Declararos independientes de una vez” (sé quién fue ese ministro). A Oswaldo Brito había que verlo en cada envión desde la tribuna de oradores: ¡qué buen parlamentario era! Mauricio tomaba café con leche sin parar para hablarnos de la maldición que le impedía llegar a puerto: a alcalde o a secretario general del PCE. Una desidia a vómitos (ese cólico miserere insular) lo condena al olvido, de no ser por conducir sin carnet. Y Cubillo volvía de sufrir un atentado, gracias a la intercesión del socialista Alberto de Armas (hablando de olvidos). Eligio Hernández tiene los detalles. En el prólogo, Juan Cruz, cita a Scalfari, de La Repubblica: “Periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”. ¡Cuántas cosas nos pasaban (por la cabeza) en 1991!