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Su pan > Alfonso González Jerez

   

Un amigo bloguero me pide que, por favor, no desprecie tanto a las izquierdas extraparlamentarias y, sobre todo, en fin, que no las compare con los que están gobernando y con el resto de nuestro doloroso establishment político, que las izquierdas pueden equivocarse, que quizás no lo hagan del todo bien, que igual no llegan o igual se pasan, pero que son buena gente y que, en todo caso, son lo que hay: la única fuerza con voluntad realmente transformadora de esta sociedad. En esta penúltima consideración, sinceramente, no puedo estar más de acuerdo: son lo que hay. Sobre su voluntad transformadora no tengo dudas, lo que ocurre es que no alcanzo a averiguar cuál sería su alternativa una vez culminado el proceso de transformación. Lo mejor de las izquierdas es, sin duda, un resistencialismo crítico frente a los que pretenden aniquilar conquistas políticas y sociales que han costado muchísimos años de lucha y sufrimiento y, bajo un tan paradójico como deleznable canto a la libertad individual, socavan cualquier proyecto social que respete la autonomía del individuo, reivindique la acción política y defienda la solidaridad entre sujetos, territorios y generaciones. Pero la parte propositiva. La claridad de ideas. El rigor intelectual. El realismo político. No son asignaturas que las izquierdas suspendan cotidianamente. Es su duro y menesteroso pan nuestro de cada día. Y el nuestro. El domingo pasado se celebró una manifestación en Santa Cruz de Tenerife. Eran unas 250 personas -ni una más- que reivindicaban la dación de pago como fórmula para liquidar las hipotecas y evitar así el indignante drama de los desahucios de ciudadanos que, después de verse en la calle, están obligados legalmente a seguir pagando la talegada al banco. La manifa, sorprendentemente, estaba encabezada por gallardas banderas cubanas y varias fotos del Che Guevara; inmediatamente detrás se distinguían algunas insignias con las siete estrellas verdes y tal. ¿El Che Guevara pagó alguna hipoteca? ¿Consideran los manifestantes que la política de vivienda castrista es un ejemplo de universal aplicación? ¿Qué diablos tiene que ver la podrida revolución cubana en todo esto? En la cabecera una señora sexagenaria, que saltaba sobre unas muletas, se acercaba a los viandantes para chillarles: “¡A ti también te están robando, a ti también te están robando, no seas bobo!”. El megáfono vomitaba estupideces interminables. Al final se disolvieron aplaudiéndose a sí mismos. Remedando a Monty Python se podría responder a la pregunta sobre la izquierda hoy: “¿Dónde está? Saltando en muletas y tomándose una garimba en Los Paragüitas con el Che”.