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Domingo-Luis Hernández

Testigos

   

Leonardo Sciascia escribió la Historia de la pobrecita Rosetta porque precisaba reafirmar que nunca los crímenes quedan impunes. Esa historia se encuentra en Cronachette [Croniquillas], que en español se tradujo con el título de Matahari en Palermo, porque así se nombra uno de los textos ahí reunidos y el editor Montesinos lo estampó en la cubierta.

Rosetta era una cantante de cabaret en Milán. Tenía 19 años y encontró la muerte la noche del 26 de agosto del año 1913. Como en casos afines (que no sólo podemos recordar sino a los que podemos dar nombre) los periódicos reprodujeron la versión oficial que redactó la policía. Resumen: suicidio con barbitúricos. Caso resuelto, fin de la trama, pobre mujer que hasta ahí llega… Y así se creyó hasta que el diario socialista Avanti! (¡Adelante!) publicó el día 28 de ese mes detalles distintos a los vistos. Se basaba en las contradicciones del informe médico. El detalle más importante era el hecho de que el forense no encontrara restos de veneno en la muerta. ¿Qué argumentar entonces si el informe científico no se correspondía con el informe policial?

Algunos interpretaron simulacro, y del simulacro no quedaba libre la pobre muchacha. ¿Simular la muerte cuando la chica estaba muerta de todas formas?

Ahí no queda la cosa. Avanti! subrayó otro hecho que movía a añadir sospechas a la sospecha: una muchacha de 19 años agoniza en un hospital tras ingerir narcóticos custodiada por policías y sin la presencia de familiar alguno. Ante los desajustes, el suceso se abrió tímidamente. Quien pudo y quiso indagar encontró nuevos detalles discordantes. Una ayuda fue categórica al respecto: una hermana de la chica había roto el cerco policial y se apostó al lado de Rosetta poco antes de que la muchacha expirara. La moribunda musitó al oído de su hermana la sentencia: “¡Me han matado!” El Avanti! no supo quién mató, acaso tampoco se atreviera a revelarlo, pero denuncia los inventos e insinúa las dos posiciones en torno al suceso: unos en pos del tapado oficial y otros a la espera de que la verdad se manifieste. Dos mundos: el infortunado mundo de las máscaras, de quienes los gobiernos (como sabemos) son unos absolutos expertos y el mundo de la verdad.

Así pasó a la historia el incidente por más que Avanti! se impusiera descubrir. Y así ocurrió porque lo que prima en estos casos es evidente: Rosetta era una muerta molesta a la que se debía enterrar y hacer desaparecer con premura (como a Bin Laden). Para eso sirven las evidencias simples y concluyentes, aunque no sean ciertas.

El imprescindible escritor siciliano Leonardo Sciascia, autor (entre otras novelas) de Todo modo, El contexto, Puertas abiertas, El consejo de Egipto, El caballero y la muerte, Cándido, La bruja y el capitán…, Sciascia, 70 años después de manejada la dicha historia, resuelve la trama. Se la sirvió la idea plasmada en una copla popular de que siempre hay testigos tras las columnas de la plaza oscura en la que se cometen los crímenes. Así ocurrió. Y así se perfiló la causa, que fue la negativa de la chica a complacer sexualmente a uno de los policías que luego vigiló su muerte en el hospital. Esa escena del hospital no la vio el testigo mudo oculto tras la columna de la plaza de Milán; vio al asesino herir de muerte a la muchacha. Y por eso lo recogió veladamente la copla popular dicha y por eso pudo actualizar el suceso un ciudadano libre y comprometido como Sciascia; por eso Sciascia rescató el asunto del olvido y lo reveló tal cual fue 70 años después.

Lo que ocultó el llamado sistema fue la condición oficial del asesino.

No adujo menosprecio alguno por el hecho de que un hombre se volviera loco por una mujer. No venía al caso en una sociedad reaccionaria como aquella. Mas, ¿por qué, entonces, la historia se contó del modo en que se contó? El que un hombre asesinara a una mujer pudo haberse manifestado con todas sus consecuencias en circunstancias normales, incluso en esa época. Pero ocurre que el hombre que se volvió loco por una mujer y la mató por su machista incapacidad de aceptar las opciones de la chica era un policía. Los informes oficiales sacaron de la luz no sólo ese ultraje a la libertad y a la razón sino (lo que es más importante) ese hecho: Musti (que así se llamó el individuo) era un policía.

Lo perverso de las instituciones de poder es que codifican y clasifican la información para manejar los secretos. La razón es simple: viven por la repetición de sus cláusulas, muchas de ellas contradictorias y falaces. Sabemos la verdad de algunas de sus atrocidades (mentiras de guerra, crímenes o manejos económicos) porque el tiempo no se resiste a ocultarlas para siempre, porque en los sucesos oscuros siempre hay un delator de la mala conciencia o un espectador inesperado que más tarde o más temprano arrojará luz sobre lo oculto.

Pero siempre juegan con ventaja los que así proceden: la verdad es futuro y a ellos lo que les interesa (perversa, fatídica y vilmente) es el presente.