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Triunfos y derrotas > Tomas Gandía

   

Hoy se considera que para prosperar es indispensable la protección ajena. Esta afirmación tiene muchas quiebras en la práctica de la vida, porque pocos protectores hay desinteresados, y los más exigen a cambio de la protección rebajamientos de carácter, humillaciones y aun indignidades, que acaban por sublevar al protegido contra el protector, quien entonces se lamenta amargamente de la ingratitud, comprobando aquella sentencia de que “el agradecimiento no es una cualidad inherente a la naturaleza humana”. Muchísima diferencia hay entre ayudarse a sí mismo con la firme resolución de vencer después de tomadas todas las medidas y providencias posibles para triunfar, y poner manos a la obra con el recelo de no acabarla felizmente sin auxilio del prójimo. Para un ánimo esforzado, el fracaso no es el término del viaje sino tan sólo una estación algo apartada, pero no desviada de la línea principal. Marcha siempre en dirección al objetivo y, si cae antes de alcanzarlo, queda con los ojos fijos en él. Escuchamos decir que un hombre o una mujer “es de carácter” o “tiene mucho carácter” para significar que ajusta inflexiblemente su conducta al estricto cumplimiento del deber y a la realización de su propósito sin ceder a los halagos de las sirenas que encuentre en su camino sin amedrentarse por los ataques de los adversarios. Sin embargo, desde el punto de vista sicológico, no está en dicho caso bien aplicada la palabra carácter, porque cada individuo posee su carácter y es un carácter. Entendemos por carácter aquel en que las cualidades positivas prevalecen contra las negativas y dibuja señaladamente “la individualidad de la persona”. El esfuerzo que hace el espíritu humano sobre sí mismo y sobre la materia da por resultado el desenvolvimiento y vigorización de sus latentes facultades. De ahí que en el orden anímico importe muchísimo más el esfuerzo que el éxito, pues aunque el esfuerzo acabe en fracaso material no deja de ser eficaz en el aspecto individual, ya que produce el perfeccionamiento de la individualidad. Lo indicaba don Quijote, manifestando aquello de “esfuérzate, que el abatimiento sólo acarrea desgracias y en los ánimos encogidos nunca tuvo lugar la buena dicha”. Cuando se tiene la voluntad de vencer no ha de disuadir del empeño la adversidad de las circunstancias ni el pensamiento de que para realizarlo habrá de reunirse ante todo un equipo de herramientas, porque ni las mágicas ocasiones ni los amigos influyentes ni las pingües riquezas ni tampoco las delicadas herramientas hacen grandes a los hombres y mujeres. La grandeza está en el mismo hombre y mujer o no se encuentra en parte alguna.