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Un lugar camino del cielo

   

La misionera originaria de Fasnia descansa unos días en Tenerife. / FRAN PALLERO

INMA MARTOS | SANTA CRUZ DE TENERIFE

Quizá por timidez o por que para ella es el pan de cada día, Paula Marrero obvia en sus relatos cualquier referencia al sacrificio o al esfuerzo diario. Treinta y un años en el país africano Costa de Marfil dedicada a los demás es mucho tiempo.

Cada dos años pasa dos meses en su casa, con los suyos y aprovecha para regresar con toda la ayuda que es capaz de reunir aquí, ya sea en fármacos o económica. Rodeada de personas que muestran su admiración por la labor de la religiosa, algunos de los presentes recuerdan un viaje que hicieron cuando eran jóvenes a visitar la zona en donde se encuentra su misión. Paula es oriunda de La Zarza, en el término municipal de Fasnia, pero reconoce que su lugar está allí, donde dice que será enterrada cuando fallezca.

“Tengo mi mundo allá, y cuando vengo paso quince o veinte días que no me hago a tanto anuncio y carteles”, expone la misma Paula.

En el año ochenta, cuando contaba con la edad de 21 años, cogió sus maletas y se fue junto a cuatro compañeras de la congregación de las Carmelitas, a la que pertenece. Ahora tiene 75 y ha experimentado como cualquier nativo la decadencia de un país antaño próspero, al que llamaban la Suiza de África cuando ella lo pisó por primera vez. “La guerra que comenzó en el año 2000 ha cambiado mucho las cosas”, asegura. Incluso ella y dos religiosas más con quienes vive en una casa de la Diócesis, se vieron en medio de una lluvia de balas de las policías de dos mandatarios. “Nos refugiamos en el pasillo porque entraban las balas por las ventanas de las habitaciones”, comenta. Cuando comenzó la guerra, Paula estaba en Tenerife, y a pesar de que las recomendaciones de la Embajada española en Costa de Marfil eran que no volviese al país, “estamos para ayudar y más en los momentos más difíciles, cuando más te necesitan”. “Se pasa un poco de miedo”, aunque también reconoce que “a las religiosas nos respetan mucho”.

Su labor se divide entre la colaboración humanitaria y social y el catecismo, lo que realiza en paralelo por todos los poblados que recorre a diario. “Como desde muy jovencita tenía claro que quería ser misionera, estudié Enfermería en el Hospital Clinic de Barcelona antes de partir”, explica.
Aunque asegura que, una vez allí, “no es tanto la técnica lo que se utiliza, hay que hacer un poco de todo, lo que sea necesario”.

Es conocedora de los diversos dialectos de los poblados que visita, algunos en la selva, y esto le ha valido la confianza y el entendimiento de sus habitantes. África es en su mayoría un continente que profesa la religión musulmana, pero, según explica Paula, “ya estamos aumentando el número de fieles”. Este año, indica, “hemos bautizado a más de cien chicos y chicas”.

En este sentido, manifiesta que los bautizos se realizan una vez hayan superado la Primaria con el fin de que después, sigan prestando servicio al catolicismo, ya sea como monaguillos en las iglesias, catequistas u otras labores. “Si los bautizas desde bebés, con el paso del tiempo se pierden las vocaciones”, argumenta.

“No solo se trata de la evangelización”

José Luis Gutiérrez, uno de los jóvenes integrantes de la expedición en la que acompañaron a la hermana, alaba la valentía y la fuerza tanto física como la capacidad de sacrificio de sor Paula. “No solo se trata de una evangelización doctrinal, ella hace lo que haga falta: curas de enfermedades muy crueles como la lepra o la polio o trámites burocráticos”.

En cuanto a su faceta evangelizadora, se centra especialmente en la captación de catequistas por los poblados. “A sor Paula no le gusta hablar de ella misma, es muy humilde”, afirma. Otro de los cometidos de la monja es la escolarización de las niñas. Se trata de un país en el que la escolarización no tiene cifras muy altas, “no es obligatoria”. Así que desde la congregación cada año sufragan la educación en un colegio católico gracias a las ayudas de una ONG de Carmelitas de Vitoria, desde donde también se envían ayudas económicas para casos puntuales.

Tanto José Luis como a Rosalva González, gerente de la Asociación de Familias Numerosas de Canarias, el hermano de ésta, José Álvaro y otros tres jóvenes más, acudieron a la llamada del piloto y seminarista Álvaro González Tarife, padre de los últimos, quien aprovechando sus vuelos a Costa de Marfil surtía de ropa, enseres y ayuda económica a las monjas de la congregación. Éstas luego la repartían entre los más necesitados. “Llenaba contenedores enteros y se las arreglaba para que se los dejaran pasar por aduanas”, indica José Luis, quien asegura que “tenía tanta fe en lo que hacía que todo lo que se propusiera lo llevaba a término”.

En la actualidad, dice Paula, “cuestan más dinero los impuestos aduaneros que los materiales que se envían, y además muchas veces son interceptados en las oficinas arancelarias, con lo que no llegan”.