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... Y no es broma

Villanos > Conrado Flores

   

Pocos personajes del cine y la televisión nos atraen más que un buen villano. Individuos tan enigmáticos y atractivos que consiguieron que todos nos pasáramos junto a ellos al “lado oscuro” durante un rato. La historia de la humanidad también ha estado llena de malvados formidables pero en carne y hueso ya no nos gustan tanto. Del primer grupo recuerdo algunos tan ilustres como la bruja malvada de Blancanieves, el malo de La guerra de las galaxias o el preso caníbal de El silencio de los corderos. Estos son terroríficos. Por el grupo de los de Caín, me vienen a la mente varios psicópatas, unos cuantos terroristas, un buen puñado de dictadores y las agencias de calificación de riesgos. Estos son más terroríficos aún. Si bien siempre me he sentido atraído por malos como los de las películas de James Bond -esos millonarios excéntricos que dirigen organizaciones secretas ubicadas en islas artificiales perdidas en el pacífico-, yo me quedo con Drácula, el vampiro. Un villano de los de antes, elegante, con clase -Conde nada menos-, que viste con frac y capa, y vive en soledad en su lúgubre castillo. El tipo lo tiene todo. Además, ese castillo no está en un sitio con código postal sino que está en un lugar lejano, misterioso y recóndito, donde la niebla es tan espesa que te la puedes llevar a casa debajo del brazo. ¿Su maldad? Pueril: le gusta extraer la sangre a los demás. Algo que ya te hace una enfermera cada año y sin pasar varios días invitado en un castillo ni alcanzar la inmortalidad después de la extracción.

Asimismo, y como todos los villanos de antaño, tiene un par de puntos débiles bastante simplones que lo hacen aún más humano y entrañable: le repele el ajo, como a la mujer de David Beckham, y no puede mirar donde hay crucifijos, como un líder de Izquierda Unida. Así que no temas al conde Drácula, teme a vampiros como los de Lehman Brothers.