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¿Se ha muerto Dios? > Carmelo J. Pérez Hernández

La pregunta me la hizo una compañera nada más llegar al periódico el jueves: “¿Se ha muerto Dios y yo no me he enterado?” .

Todo a cuento del fallecimiento de Steve Jobs, uno de los fundadores de Apple. Y no era para menos su irónico saludo. La redacción estaba revolucionada, preparando los especiales del día siguiente y nutriendo de información la página web. Las redes sociales echaban humo.

Lo más notable: de pronto millones de seres humanos hacían público un dolor casi personal por la muerte de aquel a quien no conocían y del que casi nada sabían.

De repente fue elevado a la consideración de benefactor mundial, ejemplo de nobles ideales que transformaron el mundo, preclaro adalid de las citas filosóficas más inspiradas.

¡Por favor! En serio confío y he rezado para que la misericordia de Dios le haya regalado el sereno descanso que también espero para mí un día.

Pero de eso a la canonización de Jobs… No es el momento ni el lugar de enumerar las sombras de su vida, de sus empresas y de sus productos, pero me faltarían páginas si me lo propusiera.

Todo esto viene a cuento del derroche de palabras con el que, opino yo, ensuciamos la muerte de un hermano, de cualquier persona. Desvirtuamos ese momento definitorio de su existencia con una retahíla de discursos y de recursos que finalmente a nada conducen y poco aportan.

Pareciera que sentimos la necesidad de acallar el miedo o el desconcierto que nos produce la muerte llenando de sonidos la caja y la memoria del difunto.

En contraste con nuestra verborrea, me impresiona uno de los silencios de la Biblia, el que hoy nos narra el Evangelio. “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta? El otro no abrió la boca”. En esta parábola el que habla es Dios. El otro, el que guarda silencio, es un hombre, cualquier ser humano, que vive al margen de la presencia de Dios en este mundo.

En el momento definitivo de su vida, mirado por Dios, llamado “amigo” por Él, a la vista de sus carencias, de sus fallos, sintiéndose desnudo… guarda silencio. Un silencio terrible.

El que nace del desconcierto absoluto de ver a Dios cara a cara y no estar entrenado en el arte de decirle “Te quiero”.

Abrumador silencio, que contrasta con ese otro que surge del corazón ilusionado con la presencia de Dios. Ese que busca transitar todos los rincones de la intimidad robándole tiempo al tiempo si es preciso. Ese otro silencio que hace crecer por dentro y ser más auténtico por fuera, arropado por el rostro de Dios.

Ese es el silencio que quiero para mi muerte. Y no los gritos de quienes en ese momento postrero juegan a robar protagonismo al muerto con sus excesos verbales y sentimentales. Ese silencio quiero, el de quienes sepan contemplar que ha llegado mi momento de mirar cara a cara a Dios y rebuscar en mi vocabulario la palabra adecuada para terminar concluyendo que es mejor callar.
Por cierto, no uso Mac ni iPad. Pero no es algo personal lo mío con el señor Jobs. Era solo la excusa para arrancar. Y sí, tengo iPod.

@karmelojph