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‘Adioses’ > Verónica Martín

Hay adioses que se dicen en voz baja, como para no despedirse nunca. Hay adioses que se roban, como a los que no quieren decirlo y apenas lo murmullan. Hay un adiós que se da a gritos como los de las separaciones en un aeropuerto ruidoso.

Adioses que suenan a hasta nunca. Que son como un portazo de los que dejan marca en el parquet. Adioses que nunca debieron darse porque siempre quisieron ser un hola o un buenas noches mi amor. Las despedidas deberían ser como la contraportada de un libro de los buenos. Un libro que has disfrutado leyendo, que has sentido cómo sus aventuras entran en tu vida. Esa obra que, cuando la acabas, te quedas un rato curioseando entre las letras que otros han escrito para describir las sensaciones que acabas de tener. Por si te las confirman o desmienten.

Pero no todas las despedidas son tan idílicas, hay adioses que se pronuncian en un despacho deseando que el camino hasta la salida sea lo más corto posible y que las lágrimas tengan la paciencia necesaria como para no parecer una ridícula sensiblera. Hay un adiós que quiere decir “no hace falta que me humilles más”. Y otro que se puede traducir, tranquilamente, por un “no me digas adiós”.

Luego, hay adioses más cotidianos: el del beso que sabe al café que tienes en la mano para irte a trabajar o el adiós con la mano al cruzar la calle para ir al cole. El adiós con la cabeza a nuestro kiosquero, ese que nos pregunta con interés cómo nos va todo. El adiós a la amable farmacéutica que te acaba de vender una indiscreta receta para el olor de pies. O el “que tenga usted buen día” que le dices, de corazón, al taxista que te trae desde el aeropuerto.

Además, está el adiós de los parados que no tienen compañeros a los que decir “hasta mañana” pero que tienen necesidad de despedirse sin volver a ser despedidos. El adiós a los enfermos a los que no sabemos si tendrán otro hola.

Pero hay adioses más alegres. El que se despide porque va a iniciar una nueva vida. El que significa que nos volveremos a ver pronto. El que se abalanza sobre uno para traer algo mejor. Los adioses de un final deberían desterrar la ira, la soberbia e, incluso, el dolor para quedarse con lo anterior al adiós. Con los miles de holas que precedieron a esa despedida. Y los adioses de un hasta luego no deberían ser tomados a la ligera. Pueden ser un adiós para siempre.