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A los que se aburren de Dios > Carmelo J. Pérez Hernández

   

Si tras leer el evangelio de hoy, un creyente no tiene otra opción que guardar silencio. Es el momento definitivo, la hora última, el día de la verdad. Después de escuchar lo que hoy se proclama en nuestros templos como Palabra de Dios, no hay lugar para réplicas, explicaciones ni matizaciones. Sobran los “vamos a entendernos…” y los “hay que saber relativizar y leer cada cosa en su contexto…”, por ejemplo.

Resultan ridículas las preguntas y los comentarios ante la rotunda sencillez de Dios: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a tí mismo”. Y ya está. Y no hay matices canallas que valgan. Nos gustará más o menos, pero ésta es nuestra hoja de ruta, porque el amor a Dios ni es un bien tangible -de esos que se pueden pesar y nos engordan por fuera- ni es como esos logros que, una vez alcanzados, forman parte ya de nuestro currículo para siempre. Amar a Dios es una aventura, una escalada con periodos de serena acampada y con más de una tarde de tiniebla abrumadora. Así debe ser, para que nadie equivoque el rumbo y se crea que lo tiene todo ganado en esto de buscar el rostro de Dios.

Buscar el rostro de Dios. La expresión me gusta más cada día. Resume con acierto la tensión en la que vive el auténtico creyente, preocupado por la verdad de su búsqueda y no tanto por los matices en los que muchos otros pierden el tiempo para catalogar a las personas en “de los nuestros” o “los de fuera”.

Nos iría genial en la Iglesia si los más grandes fueran esos que con pasión “buscan la paz y corren tras ella”, los que amanecen cada jornada con la serena confianza que les da seguir sintiéndose peregrinos en medio de un mundo de falsos maestros en todo.

Solo me fío, solo quiero fiarme, de los que buscan sinceramente el rostro de Dios. De esos que han aprendido a ver en el rostro de sus hermanos y hermanas lo mismo que Dios ve. Me sobran los agoreros que siempre preceden a los malos tiempos. Aquellos que, aburridos de Dios, se dedican ahora a la Iglesia. Quisiera yo aprender de quienes con la verdad de su búsqueda convierten a la Iglesia cada día en lo que realmente es: el cálido hogar donde comparten su aventura el corazón, el alma y todo el ser de cada creyente que busca el rostro de Dios.

@karmelojph