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A por todas > Francisco Pomares

   

Cada día nos trae un nuevo sondeo preelectoral, que en realidad poco tiene de nuevo. Una tras otra, las encuestas ahondan la diferencia en el voto entre PP y PSOE. Esa diferencia ya va por algo más de quince puntos, y además define una tendencia que no se modifica desde que empezó la crisis económica. La candidatura de Rubalcaba, el sarao de la Conferencia Política Socialista o las coreografías provinciales de presentación de candidaturas no han logrado invertir o frenar una caída que se adivina batacazo. Pareciera que los ciudadanos de izquierda y centro izquierda de este país (algo así como la mitad de la población) anden de capa caída, confundidos por los últimos dos años de zapaterismo al servicio de bancos y mercados y desmotivados ante una ola azul que parece imparable.

Con más moral que el Alcoyano, Felipe González recordaba hace días que sólo tres meses antes de las elecciones de 1996 -que ganó Aznar y él perdió por un punto porcentual de diferencia- los sondeos pronosticaban con unánime jolgorio una derrota socialista de catorce puntos frente al PP. González logró movilizar a una parte de su electorado en las últimas semanas, y el PSOE se consoló en lo que Alfonso Guerra definió con cinismo como “la dulce derrota”.

Era un eufemismo: todas las derrotas son amargas, pero es verdad que unas más que otras. Para Rubalcaba y su gente, mantener el tipo significa quedar al menos igual de lo que quedó Almunia en el año 2000. Hace tan sólo dos meses, el equipo del candidato socialista no habría aceptado como asumible un resultado que situara el voto socialista en la frontera de los 120 diputados. Hoy firmarían con los ojos cerrados. Sin embargo, a pesar de esa muy extendida sensación de debacle del PSOE, el PP insiste en mantener tensa y afilada la estrategia de recordar a sus votantes -a los de siempre y a los de ocasión- que las elecciones no se ganan -ni se pierden- contestando a sondeos, sino acudiendo a votar. Que el PP va a ganar no lo discute ya nadie, pero la expectación creada es tan alta que un resultado más ajustado de lo previsto tendría el curioso efecto de restar legitimidad a los ganadores para aplicar las severas medidas de ajuste, contención del gasto y reducción de servicios. Los primeros tres meses de Gobierno van a ser de tal dureza, y tan contestadas en la calle, que Rajoy necesita un respaldo aplastante.