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A vueltas con el volcán > Leopoldo Fernández

   

Todo lo que sucede a cuenta del episodio volcánico en aguas herreñas está dando pie a diversas interpretaciones, normalmente contrapuestas. Mientras un sector de la opinión publicada sostiene que las autoridades han actuado con precipitación y ligereza, otro considera que en lo adecuado era intervenir con previsión y rapidez, anteponiendo siempre la seguridad de los ciudadanos a cualquier otra consideración. De ahí el semáforo rojo, la implantación de zonas de exclusión aérea y marítima, el cierre del túnel de Los Roquillos, la evacuación de la población de La Restinga y hasta los estudios sísmicos que ayer anunciaba la ministra Garmendia. No sé si una postura intermedia entre ambos extremos sería la más acorde por el aquel de guardar la debida proporcionalidad entre la certeza y el riesgo de una erupción; pero en caso de duda, es mejor que las autoridades se equivoquen por exceso -aunque suponga mayores gastos y molestias, y conlleve eventuales indemnizaciones- que por defecto si con ello se garantiza la vida de las personas, objetivo prioritario de toda política de protección civil. En este sentido, el comportamiento de los ciudadanos ha sido disciplinado y ejemplar, pese a ciertas protestas comprensibles. Tras una semana de movimientos magmáticos que han ido a más, los ciudadanos evacuados de La Restinga, la zona habitada más próxima al volcán submarino, vuelven al principio y pueden retornar a sus casas sin que las circunstancias hayan mejorado las cotas de seguridad, antes bien, todos los indicios apuntan a un mayor desarrollo del fenómeno eruptivo con los potenciales riesgos que ello conlleva. Pero es que los científicos y técnicos competentes disponen hoy, tras una semana de observación con el más moderno instrumental de medición -siempre con la relatividad propia de estos casos-, de mejores pronósticos sobre la previsible evolución de los acontecimientos, incluidos los posibles desprendimientos de rocas sobre el túnel citado. Lástima que se haya demorado la presencia en aguas herreñas de uno de los 20 buques de investigación del Instituto Español de Oceanografía. Aunque en unos días llegará el más moderno, el Ramón Margalef, que dispone de tecnología puntera y sondas en tres dimensiones, se ha perdido un tiempo precioso para el seguimiento del fenómeno volcánico y la consiguiente obtención de conocimientos científicos para su utilización futura; un tiempo que no se gana con el modesto buque Profesor Ignacio Lozano, desplazado a la zona por el Instituto Canario de Ciencias Marinas y que efectúa mediciones muy elementales sobre la actividad volcánica.