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Abanicos y corbatas > Agustín M. González

   

Caluroso, pero no acalorado. El pleno que celebró ayer el Ayuntamiento de Santa Cruz estuvo marcado por su enorme duración -¡8 horas!- y por la elevada temperatura ambiental. Hacía más calor dentro del salón que en la calle. Las concejalas se aliviaban con los abanicos mientras que los ediles, todos encorbatados menos Fernández Arcila, echaban mano de folios, folletos y cualquier carpeta. Ni siquiera la apertura de las puertas traseras para provocar corriente de aire hizo disminuir el calufo. Por contra, la temperatura política de la sesión fue baja, la mayor parte del tiempo. Parece que, de momento, hay menos crispación en el consistorio. El mandato no ha hecho más que empezar. Eso sí, desde el primer día el alcalde Bermúdez dejó ver que va a ser firme en el control de los tiempos de intervenciones, por mucho que le disguste a la oposición: Corrales le llamó el señor del reloj y Guigou dijo que ahora los plenos serán “debates flash”. Cristina Tavío -que por cierto desapareció a mitad de la sesión- oyó tres avisos presidenciales antes de terminar su surrealista intervención de abstención en la propuesta de apoyo al puerto de Santa Cruz. Hasta Corrales, el más vehemente y ocurrente, le recordó a la portavoz popular que no tiene que ver la velocidad con el tocino y le pidió que abandonara el electoralismo. La dejó callada. En la presidencia fueron continuos los cuchicheos entre el alcalde nacionalista y el primer teniente de alcalde socialista, cogobernates. Hasta que Arcila se atrevió a llamarles la atención por no atender en una intervención de su grupo. Bermúdez le saltó al cuello: “Usted presume y presume mal que no le estábamos atendiendo”. Un corte, pero con buen rollito. Mientras tanto, la concejala Ángela Mena, parapetada en su escaño de la segunda fila, aprovechaba para hacer sus gestiones con el móvil y la tableta gráfica. La anécdota fue la interrupción del pleno para la celebración de una boda civil en el consistorio. Luego, Matos metió un par de veces el dedo en el ojo del cogobierno y, tras ocho horas de interminable y sudorosa sesión, los ediles, los periodistas y el escaso público abandonaron el salón-sauna con varios kilos de menos y muertos de hambre.