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ANÁLISIS > POR LEOPOLDO FERNÁNDEZ

Adiós al Zapaterismo > Leopoldo Fernández

   

Con la disolución, el martes pasado, de las Cortes y la convocatoria de elecciones generales para el 20 de noviembre se pone fin a una legislatura más que controvertida y se inicia el desmantelamiento formal del zapaterismo, una peculiar forma de gobernar y entender la acción política que, a lo largo de casi ocho años, ha producido algunos estragos en el alma nacional y en el funcionamiento interno del PSOE. Una sentencia medieval asegura que todo está bien cuando termina bien; en el caso del zapaterismo, revestido desde sus orígenes de talante, buen rollito y populismo para dar y tomar, habrá que colegir que a estas alturas todo o casi todo está mal y queda por ver la cuantía de los daños que han de producirse el 20-N y que las encuestas auguran graves o muy graves.

El zapaterismo empezó a declinar cuando. la noche del 9 de mayo de 2010, Obama, Merkel y Sarkozy advirtieron al jefe del Gobierno que sobre España pesaba algo más que una sombra de intervención si no cambiaba radicalmente de política y enterraba sus roles de diseño -regalo de 400 euros, cheque bebé, deducciones por compra de vivienda, Plan E, etc.-. El anuncio del 2 de abril pasado de que Zetapé no se presentaría a las elecciones dada un paso más en la larga agonía de un movimiento político que en sus inicios provocó entre sus incondicionales -y también en parte de la ciudadanía no socialista- ilusión y esperanzas, entusiasmo y adhesiones. Luego, tras la llegada de la crisis económica, todo se vino abajo por la utilización de la mentira, las medidas coyunturales de conveniencia, las soluciones descafeinadas, las improvisaciones sin fin, las rectificaciones y la falta de coraje para gobernar como Dios manda. Ni siquiera se dijo al pueblo soberano el alcance de la crisis; es más, se negó, se llamó “antipatriota” a quien considerara su mera existencia y se engañó interesadamente a la opinión pública en vísperas electorales, como hizo el vicepresidente Solbes en su famoso debate televisivo con Manuel Pizarro.

En menos de tres años año, Zapatero ha agotado su credibilidad y ha pasado a ser un actor secundario de la política pese a que formalmente sigue siendo secretario general del PSOE y presidente del Gobierno. Rubalcaba y su gente ya se han encargado de poner los puntos sobre las íes y dejar claro en quién radica el liderazgo, a todos los efectos. La imagen de abatimiento del hasta ahora líder es un poema; hasta en su propio partido es considerado una rémora y su presencia en mítines y actos es motivo bastante para el desasosiego porque viene a recordar al estrepitoso fracaso de unas políticas que, con la inestimable colaboración del partido en el poder -que le ha dejado hacer a su antojo durante ocho años-, han llevado al país al borde de la quiebra, con casi cinco millones de parados y unas deudas insoportables que habrán de pagar las futuras generaciones.

Zapatero nunca ha sido un dirigente socialdemócrata al uso. Le falta ideología, le falta competencia y le falta experiencia. Además de romper la mayor parte de los consensos básicos de la transición, su acción de gobierno la ha basado en realidades ilusorias, en radicalismos ideológicos y políticas gestuales de signo oportunista y clientelar, como fueron la precipitada retirada de Irak -lógica porque se trataba de una promesa electoral, pero lamentable en el fondo y la forma-, sus fracasadas negociaciones con ETA o el compendio de leyes de ingeniería social sobre, entre otros, asuntos de igualdad, memoria histórica y modelo territorial del Estado. El fiasco del Estatuto de Cataluña y las mentiras sobre los contactos clandestinos con los etarras, de las que la legalización de Bildu sospecho que forma parte integral, no empañan sin embargo su defensa encomiable de derechos y libertades -lo que Zetapé llama republicanismo cívico- en cuanto atañe a la mujer, los inmigrantes, los homosexuales y los desvalidos de la sociedad.

Y lo mismo puede decirse de la imprescindible Ley de Dependencia, aunque se queda en intento fallido por falta de recursos económicos.

El jefe de Gobierno es un decidido defensor del Estado de Bienestar, ese entramado básico de derechos sociales, sanitarios, educativos, etc. que contribuyen al mejor desarrollo integral de la persona. El problema empieza cuando confunde Estado de Bienestar con Estado de subvenciones o cuando, pese a la prioridad política de las prestaciones sociales, falta financiación o los recursos no dan más de sí. De modo y manera que -y en esas estamos- se hace obligada la fijación de prioridades o, en su caso, la práctica de ajustes inteligentes sin relajar la acción del Estado hacia los más desfavorecidos, por razones de imprescindible cohesión y estabilidad social.

En materia económica, Zapatero ha sido una desgracia, salvo en su etapa final, cuando se cayó del guindo y hubo de agarrarse al pragmatismo que tanto combatió. Desde entonces ha actuado más o menos bien, incluso en la apresurada reforma constitucional, imprescindible para poder salvar la cara ante el BCE -que en la práctica tiene intervenido al país-, el FMI, la OCDE, los aliados y los mercados. Por lo demás, ha subido impuestos, ha congelado pensiones, ha bajado el sueldo a los funcionarios, ha abaratado el despido, ha retrasado la edad de jubilación, ha incrementado la deuda, ha suprimido deducciones fiscales, ha adoptado más de un centenar de medidas económicas inútiles para parar la crisis, incentivar el consumo, propiciar el crédito a empresas, autónomos y familias y, como remate final, ha aprobado el encadenamiento de los contratos temporales cuando lo que hace falta es el contrato único e indefinido, a fin de acabar de una vez con la precariedad del empleo.

Sólo una victoria, hoy improbable, o una derrota dulce, también difícil porque las últimas encuestas le dan entre 115 y 120 diputados el 20-N, podrían permitir a Rubalcaba reconducir las adversidades con mano firme y, tras el anticipado congreso federal del partido, sustituir a Zapatero en la secretaría general. En otro caso, nada puede descartarse. El todavía presidente se irá al retiro definitivo sin ánimo de influir en el PSOE, lamentando algunas imposturas y una herencia envenenada, para su partido y para España. Pero me parece justo reconocerle su buen carácter, su capacidad de encaje, su talante democrático y sus afanes de libertad. Lástima que algunos sectarismos, una hipoteca de concesiones e incumplimientos y unas cuantas debilidades ideológicas y ligerezas hayan llevado al país a un período de franco retroceso que sin duda él mismo no quería, pero que favoreció con sus desatinos.