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Cercanías políticas > Juan Hernández Bravo de Laguna

   

El análisis de nuestro comportamiento electoral en la actual etapa democrática demuestra que en España, desde la transición, los cambios electorales significativos han sido siempre el producto de una grave crisis política y de una situación de anormalidad social. Es decir, los relevos gubernamentales han sido vuelcos electorales propiciados, no por los méritos de la oposición, sino por el hundimiento del partido en el poder. En toda esta etapa nunca ha tenido lugar un cambio de Gobierno en un ambiente pacífico de tranquilidad ciudadana y comparación de programas. Debemos reconocer entonces que los electores de este país pertenecemos a un pueblo sin tradición democrática alguna, muy influenciable por estímulos externos e inmediatos, y que vota por la continuidad y el poder hasta que el propio poder se autoelimina.

¿Ha originado una situación así la gestión irresponsable de la crisis económica por los Gobiernos de Rodríguez Zapatero? ¿Han contribuido también su sectarismo social, político y religioso, su ruptura con los valores de la transición y su guerracivilismo militante, divisor de la sociedad española? ¿Las elecciones generales se llevarán por delante al Partido Socialista junto con el zapaterismo? ¿Se confirmarán los resultados de las elecciones autonómicas y locales? A un mes de la convocatoria electoral, todas las encuestas y los sondeos parecen indicar que serán unas elecciones de cambio, que los populares capitalizarán el intenso descontento y la múltiples frustraciones que sufre la ciudadanía, y que, tras su derrota, los socialistas deberán acometer un proceso de reconstrucción interna bajo el nuevo liderazgo de Pérez Rubalcaba.

No obstante, en España las encuestas y los sondeos no reflejan la realidad, sino pretenden modificarla. De modo que harían bien en el Partido Popular en tomar toda clase de precauciones, porque pueden saltar sorpresas de última hora y producirse fluctuaciones a la baja de los populares: Rajoy sigue siendo un candidato débil, proclive a decir tonterías con cara de pasmo y a cometer errores infantiles, que, además, arrastra una persistente baja valoración ciudadana. El mayor peligro es una victoria insuficiente que obligue a pactos muy onerosos y casi imposibles con los nacionalistas catalanes y vascos, en otras palabras, que vacíe de contenido la propia victoria.

Por hacer un poco de historia y recordar los vuelcos electorales propiciados por una grave crisis política y una situación de anormalidad social a los que antes nos referíamos, comprobamos que así ocurrió con la derrota de la extinta UCD en las elecciones de 1982, en las que, bajo la sombra de un golpe de Estado fallido, concurrió un partido gobernante autodestruido, cuyo líder había dimitido por misteriosas razones que quedaron sin explicar a la opinión pública. El PSOE fue derrotado en 1996 no por Aznar, sino por la corrupción generalizada y el terrorismo de Estado que había protagonizado de manera pública y notoria, y que habían afectado profundamente a la imagen y el liderazgo social de Felipe González. Y el Partido Popular perdió las elecciones de 2004 sin el Aznar de la invasión de Iraq, y por culpa de su nefasta gestión informativa, mentirosa y a la desesperada, de los atentados de Madrid para evitar lo que era previsible que ocurriera en las urnas y, al final, ocurrió. Claro que a esta derrota contribuyeron también en buena medida los socialistas, sus medios de comunicación y sus comunicadores, que no vacilaron en violar el día de reflexión, atacar mediáticamente ese día al Partido Popular, y propiciar desde los medios un ilegal y antidemocrático cerco y asalto a las sedes populares, y un intolerable acoso a sus dirigentes, perpetrado por manifestaciones “espontáneas” cuidadosamente convocadas y en las que hasta las pancartas llegaban en coches listas para usar. En esos cercos, asaltos y acosos, que incluyeron agresiones, participaron militantes y dirigentes socialistas, nacionalistas, sindicalistas y gente de Izquierda Unida. Ese mismo día, el jefe de la campaña electoral socialista, Pérez Rubalcaba, no los condenaba en televisión, a pesar de que se estaban produciendo simultáneamente en tiempo real. Y todavía estamos esperando que los condene Rodríguez Zapatero.

En España, una vez que se consuma un cambio de Gobierno, los nuevos gobernantes aplican aquello tan español de que, por principio, todo lo ideado e implementado, todo lo hecho, por los que estuvieron antes es negativo y hay que eliminarlo. Y es negativo y hay que eliminarlo por la sencilla razón de que no lo hemos llevado a cabo nosotros, por lo que se repudia en bloque y sin distinciones. Así funcionan aquí las relaciones entre políticos, incluso del mismo partido: lo primero que hace el que llega es destruir la obra de sus predecesores. Sin embargo, la posible excepción puede ser Rajoy, que, si por fin vence en noviembre, es probable que no se atreva. Y, junto al peligro de una victoria insuficiente que antes señalábamos, éste sería un segundo peligro que vaciaría de contenido la propia victoria.

Sería muy interesante, por ejemplo, que, como ocurre en Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y otros países, el próximo Gobierno adoptase un conjunto de normas de disciplina bancaria, penalizara la gestión irresponsable y los errores de los banqueros, limitase sus sueldos e indemnizaciones, y las comisiones bancarias, y, en resumen, impidiese de una vez por todas que el grupo de presión de los bancos y las cajas de ahorro siga campando por sus respetos en la jungla financiera española y siga haciendo recaer todo el peso de la crisis sobre el ciudadano de a pie.

Pero, ¿cómo van a hacer semejante cosa nuestros partidos, estén en el Gobierno o en la oposición, si los bancos y las cajas de ahorro los financian y financian sus campañas electorales y otros excesos con unos préstamos preferenciales que casi siempre se condonan y casi nunca se devuelven? ¿Cómo van a hacer semejante cosa nuestros partidos si, al igual que los sindicatos, son los principales deudores de los bancos y las cajas de ahorro?

Pérez Rubalcaba y Rajoy: tan lejanos en tantas cosas y tan cercanos en su dependencia -complicidad- con los bancos y las cajas de ahorro. Una relación estable que nos tememos seguirá siendo estable durante mucho tiempo. ¡Qué relativas son algunas lejanías y algunas cercanías en la política! En particular cuando interviene la banca.