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Convicciones profundas > Carmelo J. Pérez Hernández

   

Es una soberana tontería afirmar que nuestros templos están llenos sólo de venerables sesenteros, educados en el franquismo y practicantes de la religión por costumbre e inercia. Y es mayor estupidez aún llegar a creerlo. La aberración máxima sería ya utilizar tan fútil argumento para atacar la libertad de expresión y de acción a la que tiene derecho la comunidad cristiana.
Regalito para la otra parte: es el origen de muchos descalabros permitir que los cristianos llamados “de siempre” le pongan rostro a la Iglesia y den órdenes en parroquias, cofradías, grupos… sólo por el hecho de que a menudo nos resuelven la papeleta y porque han estado ahí desde tiempos inmemoriales, siempre cortando el bacalao.
Digo yo que la extraordinaria renovación que propone el naciente Plan Diocesano de Pastoral no pasará de largo sobre la cuestión de a quiénes ponemos como estandartes de lo que somos y a quiénes dejamos influir en lo qué hacemos y en cómo lo hacemos.
La excusa de no cambiar nada para no molestar a nadie es roñosa y culpablemente injusta con el futuro, la garantía de que nunca creceremos. Como alguna vez he repetido, hay padres que hoy no nos perdonan haber hecho cosas que sus hijos no nos perdonarían no haber hecho. En realidad, es una frase que escuché a don Felipe un día. Ahí queda eso.
No es que esté yo proponiendo una yihad contra nadie en el seno de nuestras comunidades, y mucho menos contra quienes han sostenido en alto la antorcha de la fe en un largo caminar. Lo que pretendo destacar es que la Palabra de Dios proclama hoy cuál es el criterio para medir la autenticidad de un discípulo de Cristo: “Entre vosotros no hubo sólo palabras, sino además fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda”, dice san Pablo.
Ésas son las claves. Y pienso yo que siguiendo ese criterio habría que dar más voz a muchos desplazados del centro y enseñar el camino de la periferia a no pocos que se sienten primeros.
Convicciones profundas. Es el primer componente de la personalidad de un cristiano adulto. Un seguidor auténtico de nuestro Señor Jesucristo vive de su irrepetible relación personal con Dios. Sólo esa intransferible experiencia capacita a un cristiano para levantarse y tomar la palabra en medio del grupo de los creyentes.
Y no siempre quienes más hablan, quienes más a menudo deciden, quienes imponen su criterio son los que más saben callar ante el misterio de la presencia de Dios, que les sobrecoge y les transforma. Ellos, los de convicciones profundas, son los imprescindibles en la Iglesia, más allá de su capacidad o discapacidad para organizar tenderetes religiosos o agradar los oídos.
Son ellos, a quienes admiro, los que han dado sentido a aquella mil veces repetida pretensión de dejarse moldear por el Espíritu de Dios. Son ellos los verdaderos discípulos, los que deberían ir siempre delante. Los que deberían ser colocados siempre delante por los que pueden colocar.
Convicciones y Espíritu Santo. Integridad, transparencia, rectitud de intenciones, búsqueda de la verdad, valentía… Es Dios quien pasa cuando el que pasa vive fielmente para Dios. Pareciera una obviedad pero ¿qué lugar les reservamos?
@karmelojph