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Cooperantes > Leopoldo Fernández

   

Cada año que pasa son más las instituciones, fundaciones, organizaciones, sociedades y empresas de diverso tipo, públicas y privadas, que dedican sus esfuerzos a la cooperación en y con distintos países, sobre todo del llamado tercer mundo. Empezando por el Ministerio de Asuntos Exteriores, que se llama también de Cooperación, los programas y las ayudas destinados a mejorar las condiciones de vida de diferentes comunidades se han convertido casi en una exigencia ética que mueve conciencias y voluntades en aras de un mundo mejor y más justo. Cuando hablo de cooperación no me refiero sólo a la cooperación al desarrollo, que, como objetivo del milenio, está perdiendo eficacia por los recortes y dificultades propios de la crisis; aludo también a esa labor callada, tantas veces desconocida, que sólo sale a la luz cuando los focos de la noticia la alumbran con su lamentable luz escandalosa. Es el caso de los recientes secuestros de cuatro cooperantes españoles perpetrados a punta de pistola en los campamentos de refugiados del Sahara Occidental en Rabuni (Argelia) y Dadaab (Etiopía), desde donde, al parecer, han sido trasladados a Malí y Somalia, respectivamente, por grupos terroristas armados vinculados a Al Qaeda en alguna de sus ramas africanas. En ambos casos, los cooperantes pertenecen a organizaciones humanitarias que entregan lo mejor de su vida al servicio de los más pobres y necesitados, en una tarea ejemplar e impagable de desprendimiento y solidaridad. De modo similar a los misioneros de la Iglesia católica en su ámbito religioso de actuación, estos jóvenes operan en la esfera civil a través de mil y un sistemas vinculados a actividades tan diversas como el asesoramiento técnico, sanitario, educativo, tecnológico, cultural, alimentario, económico, rural, social, etc. Tratan así de llevar el progreso a grandes grupos de desfavorecidos que de otro modo jamás tendrían la posibilidad de mejorar sus sistemas de vida.

El terrorismo organizado ha visto en estos cooperantes un blanco fácil, un medio ideal para financiarse mediante la práctica del secuestro y la consiguiente extorsión a los gobiernos de los países de los que proceden, creando así entre las ONG y las asociaciones humanitarias un temor fundado y una comprensible desconfianza a la hora de proseguir con su benéfica labor. Lo más seguro sería no ponerse nunca en peligro, o no actuar en zonas de contingencia, pero quienes acuden a estos países ya saben el riesgo que corren, de ahí la grandeza de su entrega…, aunque deben ser luego los gobiernos los que carguen con las consecuencias. Pero, como dijo B. Franklin, los que abandonan una libertad y una tarea esencial por una vana seguridad, no merecen libertad ni seguridad.