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Cortarse la piel a tiras > Francisco Pomares

   

Algunos textos sagrados del siglo XIII aseguran que los jainíes -una secta religiosa originaria del valle del Ganges hoy desaparecida- practicaban un singular sistema para suicidarse: como quiera que morir de inanición era ya una práctica bastante extendida en el subcontinente -y eso que los ingleses todavía no habían invadido la India con sus textiles-, los jainíes realmente devotos, aquellos que pretendían saltarse un par de reencarnaciones, elegían un procedimiento mucho más doloroso para palmarla. No sólo se negaban a comer, sino que se pasaban el rato cortándose en solitario -o los unos a los otros- pequeños trozos y jirones de de su propia carne, que ofrecían a las aves de rapiña…

Tengo para mí que los jainíes no desaparecieron con la llegada del inglés: es perfectamente posible que la secta fuera expulsada de la India y sus adeptos, después de recorrer media Asia y toda Europa, acabaran recalando en estas playas. Esta revelación, no pretende ser indiscutible, no es fruto del descubrimiento de documentos o legajos, del estudio de los movimientos migratorios en la baja Edad Media, o del análisis comparativo del ADN de un fémur encontrado en una tumba de Benarés y restos del cuerno quemado de un coalicionero grancanario que se fió de Nacho González. Esta revelación es fruto de la observación antropológica de ciertas costumbres políticas en la actualidad. De hecho, no es preciso fijarse mucho para descubrir que la mayoría de los dirigentes políticos locales esconden bajo su repeinado aspecto a un jainí sadomaso.

Es cierto que los de ahora ya no van en cueros como los de antaño, ni se dejan caer en una esquina a verse morir. Ahora visten Armani y Hugo Boss y se amarran al cuello espantosas corbatas de rayas, como si fueran licenciados recién salidos de Oxford. Y viven cómodamente instalados en chalecitos de 400.000 euros, duermen en colchones de látex con sábanas de marca (¿para qué querrá marca una sábana?) y se dejan llevar de un lado a otro en coches oficiales de color azul oscuro, porque el negro canta demasiado en estos tiempos de crisis. Cambian los tiempos y los hábitos, pero debajo de sus atildados uniformes de ‘g-men’, nuestros jainís de andar por casa siguen instalados en el autocanibalismo, cortándose la piel a tiras unos a otros y disfrutando con delectación del daño ajeno. Durante los próximos treinta días, hasta el 20-N, se lo van a pasar de vicio masacrándose, mientras el país se va a hacer gárgaras.