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Delirios y cadáveres > Julio Trujillo

   

Argentina, un país inmenso que antes exportaba carne y cuero y que ahora exporta futbolistas y discursos, un país lleno de ciudadanos cultos perfectamente capaces de explicar cualquier crisis y fenómeno sociopolítico en la misma medida en que no soluciona ninguno, un país en el que la violencia de terroristas y militares alcanzó las más altas cotas de la barbarie miserable, acaba de dar el más importante porcentaje de votos de su historia a una señora a la que se ha acusado de adicta a los medicamentos, cuyo principal capital político es su marido muerto y que subida en la ola de un crecimiento económico coyuntural y artificial explica el mundo como una gran conspiración contra su país. Cristina Fernández de Kirchner es la perfecta expresión de una sociedad enferma de peronismo. El peronismo, aquel fascismo a la argentina, con populismo mussoliniano, antiamericanismo barato y ambición se serlo todo: Estado, tierra y bandera, ha calado tanto el alma argentina que el resto de los partidos son básicamente un burdo proyecto de imitación del fenómeno. Claro que, un movimiento que acogió en su seno a seguidores del general Videla y del terrorismo de los Montoneros, todos peronistas, todos asesinos y todos acogidos hoy al perdón impío, es capaz de cualquier cosa.
Pero aunque sea lamentable, ese es un problema que deben resolver los argentinos. Lo grave está en que el discurso de la señora Kirchner, auto exculpatorio, demagógico y conspiranoico, le permite estar cerca de Hugo Chávez y de todo el populismo entre indigenista e indignado de América Latina, que la llena de resentimiento y que crea mil problemas sin resolver ninguno. Ese fenómeno, en medio de una crisis económica mundial que se presta al resurgir de tanto iluminado y que tiene contra la pared a las sociedades más desarrolladas y libres del mundo, es una bomba de relojería que nadie parece seriamente interesado en desactivar. Ya pasó algo semejante con la revolución cubana, que llenó medio mundo de delirios y cadáveres. Pero nadie parece haber aprendido nada.