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Desalientos e ilusiones > Tomás Gandía

   

Nada más lastimoso en esta vida que el tormento de un anhelo imposible de lograr. Quizás constituya uno de los inexplicables problemas de la existencia la dificultad para saber realizar las vehementes aspiraciones.

Se hace con gusto aquello de que se ve uno capaz, y nadie es más feliz que quien hace lo que le gusta; pero, aunque la necesidad obliga, heroica virtud se precisa para soportar con paciencia, sufrir en silencio y trabajar fielmente, cuando el corazón se ve defraudado en su ideal, con las ilusiones quebrantadas y las esperanzas desvanecidas. Se suspira por la libertad de poder levantar el vuelo, y desplegar las alas. Sin embargo, se pierde el poder porque no puede ejercitarse.

Excepto el remordimiento, tal vez no haya sufrimiento tan acerbo como el procedente de un anhelo contrariado, de la ilusión que se esfuma, del deseo tronchado. Mucho valor se necesita para estar convencidos de que se poseen positivas aptitudes para determinada profesión o actividad, y verse forzados por las circunstancias a la servidumbre de impropias e ingratas tareas.

Decisiva prueba de abnegación es ahogar en el fondo del espíritu las ansias desbordantes de una ambición honesta. Difícil resulta imaginar o suponer el sacrificio de quienes renuncian a sus anhelos y se hallan en la precisión de introducirse en labores opuestas a su interés. Fácilmente criticamos a los que no prosperan, sin reparar que acaso sea mucho mayor su heroísmo al resistir con el alma lacerada, amarguras, y hasta tragedias.

Enorme suplicio es atravesar la vida sin posibilidad de satisfacer las mínimas aspiraciones del ánimo y encontrarse sumido en penurias, que impiden saborear las mieles que proporcionan los anhelos cumplidos.

La única compensación pudiera estar en la experimentación del sentimiento del deber, hecho realidad, y en la alegría de haber evitado el perjuicio que otros hubieran padecido en caso de haber logrado las aspiraciones propias. Alguien dijo que “la mayor victoria es la que se obtiene de la aparente derrota”.

Parece ser que es imprescindible adherirse al ideal. De sofocarse las aspiraciones, y si se deja marchitar el talento, podría corromperse la naturaleza propia, que quedaría abierta, probablemente, a toda clase de tentaciones.

La mejor salvaguardia estaría en pos de un ideal, que satisfaga las necesidades anímicas, afirme los propósitos y normalice la vida, porque nadie se halla seguro cuando por cualquier motivo se aparta de sus aspiraciones más altas.

Es muy fácil decir que la persona es una criatura susceptible de adaptación, y que, por lo tanto, puede acomodarse a cualquier situación o condición que la rodee; pero, si el trabajo o la actividad no se adaptan a sus aptitudes, jamás sobresaldría en ellos ni llevaría a efecto la labor con el adecuado celo y entusiasmo.