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El autor ausente > Fernando Delgado*

   

Si el estreno en el Leal de Un ataúd en la azotea tuvo un especial carácter en la noche del viernes fue, sobre todo, por un imprevisto: la muerte en julio pasado del autor de la obra. Mariano Vega, con su sensibilidad orientalista, tenía una buena relación con la muerte precisamente por su concepción serena de la vida. Pero si algún reparo a la muerte pudo haber podido plantearle es que no retrasara su llegada para gozar de este estreno. Porque pocas veces he visto a Mariano Vega más ilusionado, y sobre todo más seguro, siendo como era un escritor exigente y riguroso y un hombre tan honesto como no he conocido otro, que ante Un ataúd en la azotea. Y esa seguridad no la tenía sólo en su texto, donde se destila talento teatral y reflexivo y un humor que le era tan propio, sino también en la puesta en escena. Eso quiere decir que lo que Oscar Bacallado ha logrado con sus actores y su montaje no ha sido poner en pié la obra de un autor fallecido que nos ha legado su texto; ha conseguido realizar un trabajo en el que el autor y el director fueron cómplices, trabajaron mano a mano, aunque Mariano desgraciadamente no esté hoy entre nosotros. Mariano Vega no sólo escribió la obra sino que participó, con respeto y confianza, pero también con criterio, en su puesta en escena. Y, por si fuera poco, trabajó en la producción con denuedo hasta conseguir los medios que han hecho posible el estreno de Un ataúd en la azotea. Tanto es así que fue de un lado para otro en busca de los recursos, tan discreto como era y enemigo de pedir, para que podamos ahora disfrutar de su obra. Hemos visto, pues, a unos personajes, no en busca de autor, en el sentido pirandelliano, porque lo tienen, sino a unos personajes que lo echan de menos. Todos lo echamos de menos, pero nuestra voluntad de recordarlo no pudo suplir la carencia. Porque era imposible que el estreno del viernes en el Leal no estuviera teñido de emoción, sobre todo para su mujer, sus hijos, su familia y sus amigos, pero no podíamos hacernos a la idea de que Mariano estaba entre nosotros por mucho que estuviera dentro de muchos de nosotros. Sí podíamos imaginar sus nervios ante el estreno y sufrir por él. Y tuvimos luego la satisfacción de alegrarnos con Mariano al finalizar la obra y felicitar con él al director y a los autores.
No obstante, no quise imaginarlo en algún ignorado espacio de aquel patio de butacas o en las plateas del Leal por el peculiar entendimiento que Mariano tenía de la muerte y porque habiéndose ido como vivió, es decir, sin ser notado, que fueron los modos del místico, no me ha dejado tiempo para hacerme a la idea de que ya no está entre nosotros. No quise tampoco correr el riesgo de convertir mi llanto por él en eso que nos pasa a todos cuando tratamos de expresar nuestro dolor como un homenaje al muerto y resulta que estamos llorando por nosotros mismos. Tenemos derecho a hacerlo, pero también a recordar que el ausente, aunque quisiera saber de nuestro llanto, no podrá oírnos. Y no porque no haya vida más allá de la muerte, o porque sí la haya, sino porque aún en el caso de que la hubiera es de suponer que quien la experimente puede encontrar banal casi todo lo que escuchare desde este mundo. La sola idea de la muerte, entendida sin tensiones, suele producir ese efecto en los vivos lúcidos.
Así que al imaginar a Mariano no entiendo que honre su memoria sino la mía, una memoria en la que está su hermosa voz, su cálida cercanía y su integridad. Es decir, que siendo como es parte de mi memoria, soy yo el que vive de él, gracias a la herencia de afectos que me dejó, de ejemplos de bonhomía, de comportamientos de nobleza y honradez literaria y personal, por ejemplos, y no él el que sigue vivo entre nosotros por el recuerdo. Él vivió también de su memoria y de la memoria de los que quiso y se fueron antes. Pero nuestra memoria no le da vida, nos la da su recuerdo a nosotros. Podría decirse de él como de todos los artistas que en su obra vive, pero tampoco es cierto, en su obra vivimos los que, como ocurre ahora en el Leal, o cualquier día en sus libros y en sus cuadros, podremos deleitarnos con su herencia. Pero no me lo imagino ahora a bordo de una nube, y como habita en mí, y para dirigirme a él me basta hablar conmigo mismo, leo sus versos para llegar a la conclusión de que un vitalista de su clase no era precisamente un poeta de la muerte sino un poeta con una idea muy peculiar de la prolongación de nuestras vidas y nuestra integración en el Universo. En todo caso, Los vivos tendemos a suponer lo que pudiera ser o no del agrado del muerto y en ese sentido Mariano Vega puede ser también materia manipulable. No cabe la menor duda de que cierta voluntad espiritista responde al miedo que los vivos tenemos al olvido. Y la memoria de Mariano nos da vida desde el recuerdo, insisto. Y por eso somos muy afortunados los que hemos querido y admirado a este amigo excepcional: el rastro que ha dejado de hombre intachable y escritor de extrema sensibilidad nos alimenta. Ahora, dicho lo dicho, es muy consolador pensar que como decía Gregorio Marañón nadie está definidamente muerto hasta que llega a ser definitivamente olvidado. Tan invisible como todos los muertos y tan vivo como todos los recordados con amor, Mariano Vega no nos hubiera perdonado que el dolor porque él no estuviera en el estreno del Leal nos impidiera compartir la alegría que hubiera tenido al terminar la representación de esta obra. Pero lo peor de todo es que no pueda dar mi abrazo a Mariano con la felicitación entusiasta que merece la puesta en escena de Un ataúd en la azotea. Esta imposibilidad reprime en mis labios unos besos de cariñosa alegría y no sé qué hacer con ellos.

*En el estreno de Un ataúd
en la azotea, de Mariano Vega