X
Análisis >

El fin de ETA > Román Rodríguez

   

Llevamos un largo período en que la mayoría de las grandes noticias que nos ofrecen los medios de comunicación son rotundamente negativas. Aumento del desempleo, destrucción de empresas, drásticos recortes en los servicios públicos sanitario y educativo, incremento de la pobreza, crisis del euro y de la propia concepción de la Unión Europea… Todo esto se quebró, aunque fuera temporalmente, el pasado 20 de octubre con el comunicado en el que ETA anunciaba el cese definitivo de la violencia, después de medio siglo de actividad armada. Por fin, entre tantas informaciones desalentadoras, entre tantas perspectivas negativas para el presente y el inmediato futuro, se colaba una buena noticia; una excelente noticia.

Cierto es que ETA había, afortunadamente, perdido mucha presencia y capacidad operativa; que, así mismo, llevábamos un tiempo sin atentados. Y que esto influía de manera directa en que el terrorismo ya no figurara entre las principales preocupaciones de la ciudadanía, como han venido reflejando distintos estudios sociológicos, entre ellos las periódicas encuestas del CIS.

En el último barómetro, publicado esta semana, sólo se refieren a él un 3,3% de los consultados frente al 31,4% del mes de abril de 2008; y no se encuentra, siquiera, entre los quince principales problemas para los encuestados. Por el aumento de la sensibilidad hacia los temas económicos, que hoy encabezan esas preocupaciones ciudadanas, pero también por la percepción colectiva de que la democracia iba ganando claramente la batalla a los violentos.

Pero tras la sucesión de provisionales treguas y altos el fuego permanentes, que luego no lo fueron, siempre quedaba el temor de que, pese a su creciente debilidad, retornara a su brutal senda.

Una senda irracional que ha causado casi 900 muertos y millares de heridos en cinco décadas. Junto a infames secuestros, familias destrozadas, personas escoltadas y sin poder ejercer su vida con normalidad ante el justificado miedo a sufrir un mortal atentado, por el ‘grave delito’ de ser concejales o diputados, lo que al tiempo demostraba su nulo respeto hacia la voluntad popular. Y todo ello por tratar de imponer por la fuerza, de manera violenta y con concepciones profundamente antidemocráticas, totalitarias, sus particulares posiciones al conjunto de la sociedad vasca y española.

ETA estaba prácticamente derrotada desde hace algún tiempo, aunque haya prolongado artificialmente su agonía. Tenía y tiene cada vez mayores dificultades para actuar y para tratar de reclutar nuevos miembros. Tenía y tiene la presión constante y eficaz de las fuerzas de seguridad que han ido desmantelando los distintos comandos y deteniendo a la mayoría de sus integrantes.

Tenía y tiene enfrente a unas instituciones y a una ciudadanía que, salvo puntuales y rechazables acciones oportunistas de algunos dirigentes políticos, habían tejido un sólido y unitario rechazo a la banda.

Tenía y tiene, incluso, la pesada loza para sus bases del creciente malestar de una parte significativa de la izquierda abertzale, que veía que su tutelaje les dificultaba su presencia en las instituciones y su imagen ante la sociedad vasca. Tenía y tiene, en fin, los días contados, pero en su proceso de desaparición no podíamos descartar algún coletazo sangriento. Como bien señaló estos días la asociación Gesto por la Paz: “La única mediación que ha habido ha sido entre una izquierda abertzale que veía en peligro su futuro si continuaba la violencia y una ETA que se resistía a perder el poder que se arrogaba mediante la violencia. Y en ese debate, por primera vez, han perdido las armas”.

El mérito de ese arrinconamiento y rendición final de ETA es, sin duda, colectivo. De la ciudadanía, de los distintos sectores de la sociedad vasca y española, ayudados por la presión policial y judicial, su arrinconamiento político y su aislamiento internacional.

Víctimas

Pero es justo reconocer el papel jugado desde la política por el presidente Zapatero para alcanzar este final sin concesiones políticas de una pesadilla nacida en el franquismo pero que ha golpeado duramente a la sociedad española en la etapa democrática con la extorsión, los secuestros, los coches bombas o los tiros en la nuca. Asimismo, quiero simbolizar en el recientemente fallecido Juan Mari Bandrés, el descomunal esfuerzo de tantas personas e instituciones para que llegara la derrota de ETA. El comunicado de ETA dado a conocer el pasado día 20 cierra una dolorosa etapa y abre nuevas perspectivas para la convivencia en el País Vasco y en el Estado español, ya sin la amenaza de las pistolas. Al tiempo, abre un nuevo período con asuntos complejos pero imprescindibles para que la paz sea irreversible y para que sean los votos y la política las que hablen.

Entre otros los relativos al acercamiento de los presos a cárceles de Euskadi -medida que en su momento, y en medio de secuestros y atentados, tomaron gobiernos de Aznar en los que estaba presente Mariano Rajoy, al que todas las encuestas dan como futuro inquilino de La Moncloa- y una futura reinserción de los mismos en la sociedad. Pero, especialmente, a cómo articular la convivencia en los pueblos y ciudades de Euskadi, una concordia tremendamente dañada por la pervivencia durante décadas de la violencia en la vida cotidiana.

Sin olvidar el permanente reconocimiento a las víctimas de ETA y sus familiares, que no siempre dispusieron del justo afecto y del imprescindible apoyo ante el calvario que estaban padeciendo. En ese sentido, comparto con el exalcalde de San Sebastián, el socialista Odón Elorza, que no siempre se fue “suficientemente rotundo en los años de plomo con los policías y guardias civiles asesinados, ni contra el GAL”. Así como su exigencia a la izquierda abertzale de que haga “un mínimo gesto por el dolor de todas las víctimas”. Y pienso no solo los muertos y heridos, sino también en políticos, magistrados, empresarios o periodistas que se han pasado media vida protegidos por escoltas.

Pero los problemas pendientes de resolver, por complicados que puedan resultar, no pueden impedir la enorme satisfacción por el enorme paso dado y que supone, con toda seguridad, la visualización de la derrota nítida de los violentos y el triunfo de los demócratas. Un asunto en cuya gestión jugarán un papel clave el Gobierno vasco, así como el Ejecutivo central que salga tras la convocatoria con las urnas del próximo 20 de noviembre; y lo tendrán que hacer sin demagogia, sin sectarismos, sin cálculos electoralistas, sin olvidar a las víctimas; con inteligencia, con generosidad y con voluntad de cerrar, para siempre, esta dolorosa página de nuestra historia reciente.

*Diputado en el Parlamento Autónomo y presidente de Nueva Canarias