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El malo de la película > Jorge Bethencourt

   

Una necesidad muy humana es distinguir al enemigo con todos los atributos de la maldad. Que el otro sea malo no es más que una manera de hacernos buenos a nosotros mismos. Así que la literatura de la perfidia del adversario es una constante de las leyes políticas.

Claudina Morales, la presidenta de Coalición Canaria, considera que José Manuel Soria, el líder canario del PP, es un “personaje siniestro” a la caza del enemigo, un malo clásico de película de serie B, que acaricia suavemente un ronroneante gato de angora, con la cara de Ignacio González, mientras detona un explosivo en la Santa Bárbara de los nacionalistas canarios.

Lo malo -o lo bueno- es que casi todos piensan lo mismo del vecino de enfrente. No hay ningún político en las islas que no haya sufrido en sus michelines la cruel mordida del oportunismo. Que se lo cuenten a Fernando Fernández, incinerado por el “fuego amigo” en medio de un tiroteo en el ascensor de las universidades canarias. Que se lo cuenten a Saavedra, que descubrió cómo la aluminosis, además de a Las Chumberas, afecta al hormigón de los pactos de gobierno. Que se lo cuenten a Adán Martín, que fue amable y dulcemente invitado a pasar a la reserva espiritual del nacionalismo canario. Que se lo cuenten, en suma, a todos y cada uno de los que descubrieron que a uno le empiezan a sacar del poder justo en el momento de asumirlo.

La sabiduría popular ha determinado que “todos son iguales”. Es injusto, porque los hay malos y los hay peores. Pero las cosas se simplifican así. Sobre todo cuando son los propios políticos los que trasladan la idea de que su mundo está lleno de repugnantes traiciones y bajezas sin límites.

El problema -si lo hubiera- es que esta política de hoy es un juego de poder sin grandeza (sin la que una vez nos transmitía). Y los partidos políticos se han convertido en organizaciones ajenas a cualquier fin que no sea el mantenimiento de sí mismos y sus aparatos.

En ese mundo rige aquella vieja frase de un jugador de póker: “Cuando te sientas a una mesa tienes cinco minutos para descubrir quién es el primo, porque en una partida, en cualquier partida de póker, siempre hay uno. Si han pasado cinco minutos y no lo has descubierto, no te preocupes más por averiguarlo: el primo eres tú”.

@JLBethencourt