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El negocio armado > Jorge Bethencourt

   

Es una evidencia. Este es un país de meapilas. Y no exagero. Va un tipo y dice que pegarse cuatro horas de traje y corbata, a pleno sol, es un coñazo y los fariseos se llevan las manos a los cuernos. En el fondo todo el mundo que participa en el desfile de las fuerzas armadas españolas (compuestas hoy, como los equipos de fútbol, por un grueso elenco de nacionalidades sudamericanas) considera que el asunto es un coñazo. Para las autoridades, que se la pasan como pasmarotes viendo pasar a la peña por la Castellana, y para la tropa -sobre todo-, que se tiene que dar una panzada de marcha marcial. Hasta para la cabra de la legión debe ser un coñazo.

A veces el lenguaje de las formas es así. Un coñazo que hay que sobrellevar. Como a los catalanes, que diría Ortega. Pero lo que ha demostrado Mariano Rajoy es que en este país sale más rentable decir una conveniencia que atenerse a la verdad, que siempre es mucho más áspera.

Cuando Esperanza Aguirre se alegró de haberse librado de aquel “hijo de puta” de su propio partido, decía detrás de los micrófonos lo que no se atreve a decir en público, aunque lo piense. Zapatero confesó fuera de antena al padre Iñaki que al PSOE le convenía la tensión, o sea los insultos. Aznar soltó por lo bajini, después de una intervención especialmente larga, “vaya coñazo”, refiriéndose a sí mismo (con cuanta razón). Y Jordi Sevilla le aseguraba a ZP que “en dos tardes” se podían aprender los rudimentos de la economía para tomarle la fiambrera a los periodistas habituales. Son sólo algunos ejemplos de doble lenguaje. A la vista de lo que dicen cuando creen que nadie les oye y de lo que nos cuentan cuando les escuchamos, los políticos son mucho más verosímiles en la intimidad.

Por eso es normal oír a la ministra de Defensa, Carme Chacón, hablando de la eficaz contribución del ejército español a la libertad en diversos rincones del mundo. Y es más normal no oír al ministro de Hacienda hablar de la pasta que cobramos después de cada conflicto a los nuevos gobernantes de esos países (por gastos militares), los acuerdos comerciales preferentes o las concesiones de las obras de reconstrucción que nos reporta nuestra valiente y desinteresada participación en la primavera de la libertad. Qué jeta.

@JLBethencourt