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El principio del fin > Rafael Alonso Solís

   

Entre la alegría estúpida, pero comprensible, con que muchos despertamos una mañana de diciembre -cuando la radio acababa de anunciar el vuelo mortal con que Carrero Blanco concluía su recorrido por el barrio de Salamanca madrileño, antes o después de la misa dominical en la que acostumbraba atender sus creencias- y la noticia del cese de la violencia por parte de la banda terrorista, con sus luces, sus sombras y su coro de fondo, parece que haya pasado toda una parte de la historia, la trayectoria de varias generaciones, la vida y la muerte de otras, el curso de una discusión eterna entre dos posiciones -o tres, o cuatro- que se han debatido entre más de un fundamentalismo, bañado todo con la sangre y el dolor de los que han ido cayendo bajo las balas en la nuca o la detonación a distancia de algún artificio de la guerra sucia. No hay, ni puede haber, trazas de justificación alguna que puedan dar acogida ideológica a la mezcla del crimen y el conflicto.

Si para algo puede haber servido -aunque la pura expresión de ese verbo resulte perversa- la larga lista de víctimas, es para que jamás esta sociedad permita que en su seno se empolle algún otro huevo de serpiente, para que nadie roce, siquiera, el pensamiento de que algún principio de lógica medieval acepte que conceptos vacíos -como nación, pueblo o identidad- sean convertidos en santos capaces de justificar el asesinato y explicarlo como parte de una supuesta lucha, en la que el argumento se alimenta y se potencia exclusivamente gracias a la posesión de la pistola, para que la visión del supuesto patriota armado sea contemplada solo con la aceptación de su final, y hasta la idea de patria -otro concepto vacío en sí mismo, que ha nutrido la articulación teórica y emocional de lo que no es otra cosa que un territorio temporal por el que campan los seres humanos en su tránsito por la estepa global- quede reducida a lo que es: un término sustituible por cualquier otro, que hace referencia al lugar en que se vive y al grupo social en el que se convive, sin que eso conlleve elemento alguno de orgullo, ni justifique sacar pecho por liberar nuestras deposiciones aquí o allá, durante algún tiempo, y a sabiendas de que inmediatamente se mezclarán con otras de olores diversos y tonos multicolores.

Con todo, feliz anuncio, que permite iniciar, ante los ojos de todos y con la garantía de la comunidad internacional, el principio del fin, el último acto de la pesadilla, la alegría de vivir sin mirar debajo del coche al salir de casa, o hacia la puerta de la taberna mientras se degusta un chiquito con los colegas.