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El vértigo > Jorge Bethencourt

   

Si Aznar hubiera metido en Rota cuatro destructores y más de un millar de soldados norteamericanos (más lo que cuelga y no sabemos) sin ni siquiera guardar las formas de consultar a las Cortes, las calles de España se habrían incendiado con manifestaciones y cierta progresía bramaría contra el servilismo hispano. Rodríguez Zapatero lo ha hecho y no se le ha movido un pelo al personal. Ni al Consejo de Ministros, ninguneado; ni al Parlamento, sorteado, ni al PP, cuyo cómplice silencio demuestra que el que calla otorga. Solo Gaspar Llamazares ha elevado su solitaria voz de protesta, rápidamente ignorada por todo el mundo (esta izquierda de la izquierda es de lo más molesta, vaya por dios) por lo que cabe deducir que no es el argumento el que conmueve a la platea, sino el artista. Que todo, en fin, es una jodida farsa ausente de convicciones reales.

La velocidad de los ácidos gástricos de la sociedad española es tal que los acontecimientos y los personajes aguantan muy poco antes de empezar su proceso de descomposición mediática. A los notables, a los superlativos, primero se les admira y luego, segundo ciclo, se les destruye. El público que ayer aclamaba a un victorioso gladiador hoy grita pidiendo que le corten el gaznate. Ese futbolista es un golfo, ese entrenador es un prepotente, esa atleta se dopa, ese tenista es un mierda. Unos porque ya no ganan. Otros porque siguen haciéndolo.

Líderes, políticos, deportistas, presentadores, actores o personajes de cualquier ámbito viven una explosión de popularidad a la que precede casi de inmediato un proceso de demolición. Hasta hay expertos en ello. Vivimos un tiempo en el que no existe el pasado inmediato, porque el presente lo ocupa todo como una descarga vertiginosa de adrenalina. Los titulares intentan superar los cada vez mayores umbrales de tolerancia con cada vez más alarmismo. Los medios y sus clientes -ustedes- se abalanzan sobre una nueva presa a la misma velocidad con la que la abandonan una vez descarnada. Ahí atrás, escondidos en los bits de los silenciosos servidores o amarilleando en las primeras páginas almacenadas, envejecen los recuerdos de Madeleine, de Jonay, del hambre en Haití, del caos atómico de Fukushima, de los afectados de Lorca o del rostro sangriento de Gadafi. Como acabarán, aunque ahora parezca increíble, los nombres y las tumbas de las que hoy llamamos víctimas del terrorismo, enterradas mañana por esa gran mentira vertiginosa llamada actualidad.

@JLBethencourt