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Erasmo, Busquets y los premios al urbanismo > Joaquín Casariego

   

Hace unos años un profesor americano me contaba la impresión y la sorpresa que se habían llevado los asistentes a una conferencia organizada por una universidad de aquel país al comprobar que el nombre que aparecía en el anuncio, Joan Busquets, se correspondía con el de un hombre. No hay que explicar, efectivamente, que Joan, en el contexto anglosajón, se entiende siempre vinculado al nombre de pila de una mujer.

Pues bien, Joan Busquets, además de un hombre es un amigo. Y técnicamente, solo técnicamente, un compañero de cuerpo. Por eso se siente uno incómodo anunciando que le han concedido un galardón que lo sitúa actualmente entre los intelectuales más reputados de Europa. Se siente uno como arrimándose, como apropiándose de parte de su éxito, que, por otro lado, no es sino suyo: producto de su voluntad, su tesón y su inmensa capacidad de trabajo.

Como a Charles Chaplin, Ingmar Bergman, Henry Moore, Oliver Messiaen, Isaiah Berlin, Jacques Delors y tantos otros, este año el Premio Erasmus se lo han concedido a Busquets. Sí, sí, a Joan Busquets, a nuestro Joan… Se lo han concedido a Busquets. No al futbolista, al urbanista.

Éste, el Erasmus (Praemium Erasmianum), es un premio con el que los holandeses tratan de distinguir a las personas e instituciones que han hecho alguna contribución relevante a la construcción de Europa. Y es concedido anualmente por la Praemium Erasmianum Foundation: una institución cultural de aquel país que desempeña su labor en el campo de las humanidades, las ciencias sociales y las artes. El premio, que valora sobre todo la tolerancia, la multiculturalidad y el pensamiento crítico no dogmático, se entrega todos los noviembres en un acto presidido por la reina de Holanda.

Tres arquitectos, Hans Scharoun, Jean Prouvé y Renzo Piano, así como el urbanista Paul Delouvrier, que fue quien le dio el gran empujón al París de Charles de Gaulle, lo obtuvieron antes. Y uno no puede impedir rememorar las imágenes de aquel profesor catalán delgaducho y barbudo mostrándonos sus tesis sobre las “urbanizaciones marginales” de Cataluña y las fórmulas previstas para su integración en la Barcelona que ya ellos estaban preparando, una vez superada la transición y activados los dispositivos del urbanismo democrático. Después ya se vería que la cosa tenía más miga de la supuesta por entonces y que aquel (el urbanismo) no iba a ser solamente un problema de democracia.

Joan fue nombrado director de los Servicios de Planeamiento de la capital catalana en 1983 y lo dejó en 1989. Fue, por tanto, el máximo responsable de las estrategias urbanísticas elaboradas durante el periodo de preparación de la Barcelona olímpica y su post. Y digo su post, porque si los Juegos fueron un acierto de organización y gestión, como ninguna lo había sido antes, la explotación de las infraestructuras generadas para aquel evento, con la intención de inyectar nuevos inputs a la ciudad de “después de los juegos”, fueron de libro. Habría que preguntarse cuánto el llamado “fenómeno Barcelona” no es sino el reboso de las políticas de esa época y de la coincidencia temporal de personajes excepcionales como Pujol, Maragall, Samaranch…, y el propio Busquets.

A partir de ahí, la influencia de Joan en el ámbito del Urbanismo, tanto sea como profesor como analista o como proyectista, ha sido, y es, extraordinaria. Busquets es un urbanista de “modalidad invasiva”. Penetra y se instala en todos los ambientes donde esta disciplina alcanza algún tipo de respeto y reputación. Y lo mismo se le puede encontrar desarrollando proyectos de gran escala en el punto más alejado del globo (cada vez más en el entorno asiático) o llevando un seminario invitado por una universidad americana (tiene plaza fija en Harvard). Asesorando a un grupo de inversiones en centroeuropa o dirigiendo un plan de una ciudad española: en la actualidad se encuentra desarrollando el Plan General de La Coruña.

El premio es, por tanto, también un premio al urbanismo, esa disciplina tan poco entendida y que tanto esfuerzo ha supuesto en su contribución al progreso de los pueblos. Y es muy sintomático que, tanto en 1985, con la designación de Delouvrier, como en 2011, con la de Busquets, hayan sido galardonados urbanistas. Con Delouvrier acabó el largo periodo de los planes compresivos, de las estrategias de largo recorrido y de control férreo y piramidal de las transformaciones urbanas. Es necesario señalar que el urbanista francés fue el alto ejecutivo que De Gaulle había designado previamente para terminar con la guerra de Argel.

Casi el perfil opuesto a Busquets. Un profesor universitario provisto de una gran agudeza analítica y profundo conocedor de la historia y la evolución de las ciudades, con cuya generación se comenzó a cerrar aquella forma de hacer urbanismo, para iniciar otra caracterizada por la concreción, la operatividad y una llamada más frecuente a la participación ciudadana. Con las “Áreas de Nueva Centralidad”, que fue cómo Busquets definió el cúmulo de estrategias diseñadas para la Barcelona de 1992, el arquitecto catalán nos mostraba el cambio de mentalidad que se estaba fraguando entre el planeamiento comprensivo (y extensivo) que representaba la generación anterior y el planeamiento selectivo (y estratégico) que entonces se estaba propugnando. Una experiencia que posteriormente pudo verse contrastada con las otras ciudades en las que ha intervenido, como Lisboa, Seúl, Buenos Aires, Toledo, Las Palmas, Ámsterdam y un largo etcétera.

Por tanto, esperemos que el ejemplo cunda y que el urbanismo comience a recibir los beneficios de tantos y tantos años de penumbra, dudas y desencuentros por aquella tantas veces desdibujada interpretación de sus objetivos, sobre todo de sus objetivos sociales.

Ahora que la economía ha perdido sus fundamentos y la urbanización del planeta no deja de crecer, que el premio a Busquets sea una ocasión para reflexionar sobre los valores y posibilidades de la “ciencia de las ciudades”.

Y que nosotros lo veamos…

*Arquitecto y catedrático de Urbanismo