X
domingo cristiano >

Estupideces sobre la muerte > Carmelo J. Pérez Hernández

   

Vivirás siempre en nuestro recuerdo. Nunca te olvidaremos. Siempre estarás con nosotros. Sabemos que sigues por aquí, velando por nosotros…”. Se acerca el Día de Difuntos y la lista de estupideces que se dicen sobre la muerte podría conducirnos hasta el infinito y más allá.
¡Hay que ver cuanta poesía de garrafón hemos creado entre todos con tal de esconder una verdad sencilla pero aterradoramente cruel!: que la muerte rompe nuestros planes, deshace nuestra visión positiva de la vida y del mundo, deshoja nuestros proyectos, dinamita nuestra serenidad.
“La muerte es una putada”, como oí decir a un compañero sacerdote en el funeral de un joven fallecido repentinamente. No fue la frase más fina que se ha pronunciado en un templo, pero seguramente fue la más compartida por quienes han asistido alguna vez a una ceremonia fúnebre.
La muerte es la muerte. Morir es morir. Y punto. Y la muerte y morir son mala cosa. Lo dice el Señor y forma parte de nuestra fe que ese silencio abrupto que nos sorprende no es lo que Dios quiere para sus hijos.
Cuando Dios tocó por primera vez nuestro mundo, no pendía una guadaña sobre nuestra cabeza. Cuando Dios se hizo mundo en medio de nosotros, acabó para siempre con la guadaña que entre todos afilamos.
Aceptemos con serena claridad que la muerte es el final de muchas cosas buenas. De muchas. De planes, proyectos, ilusiones, relaciones, abrazos, encuentros, miradas, ternuras… La muerte tiene mucho de desgarro y sentirlo así no es atentar contra nuestra fe, sino vivir con intensidad lo que somos, lo que hemos llegado a ser.
La muerte acaba con parte de lo que hemos sido, no deja puertas abiertas al reencuentro en este mundo. Muchas paranoias nos abríamos ahorrado de predicar tan rotunda verdad, de aceptarla, en lugar de alejar el tema de nuestra conciencia tanto como apartamos los cementerios de nuestras ciudades y pueblos.
Dicho esto, la rotunda muerte arrasadora no tiene la última palabra sobre cada hombre que experimenta su sequedad. Aquí sí cabe decir que las palabras bellas son las más adecuadas para expresar este misterio reconfortante. Tomo la cita del recuerdo que el jesuita José Antonio García tiene de un texto de Gabriel Marcel: “Yo podría acostumbrarme con relativa facilidad a que la muerte fuera para mí la última palabra de la vida. Nunca podré aceptar, sin embargo, que lo sea para una persona a la que amo. Por eso, decirle a alguien Te quiero es prometerle ‘Tú no morirás’”.
Extraordinaria manera de expresar lo que ha hecho Dios por nosotros. Nos ha querido, nos lo ha dicho en la Historia y a la cara y, como consecuencia, “tú no morirás”.
Eso es lo que nos ha pasado, por eso podemos mirar de frente nuestro más cierto futuro, la tumba, sabiendo que sus cuatro paredes no podrán retenernos ante la llamada de quien nos ha amado más allá de la muerte.
Para experimentarlo, para vivirlo, sin embargo, es necesario tomarse en serio la vida, y aceptar el radical silencio que a ella incorpora la muerte.
Y dejarnos de frases y palabras bonitas, anestesia para quienes no se fían del amor de Dios.

@karmelojph