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ETA se presenta a las elecciones > Juan Hernández Bravo de Laguna

   

Sobre el comunicado de ETA de la semana antepasada se han elaborado múltiples análisis y comentarios desde todos -o casi todos- los puntos de vista. Sin embargo, hay un factor, obvio y fundamental, que nadie menciona, que los medios de comunicación de orientación socialista o popular silencian, y que los propios partidos y candidatos implicados en la lucha electoral por el poder callan. Nadie parece querer reconocerlo, pero el comunicado etarra irrumpe en la campaña electoral e irrumpe en un sentido muy preciso y determinado de apoyo al candidato socialista. Ya habíamos comentado en artículos anteriores que, de hecho, uno de los rumores políticos más intensos que circuló este verano por los mentideros madrileños fue que la fecha de las elecciones dependía del comunicado de los terroristas vascos sobre su abandono de la violencia o su disolución. En la inteligencia de que, para pagar el precio de ese abandono o esa disolución, el Gobierno había obligado al Tribunal Constitucional a legalizar y autorizar la concurrencia electoral de Bildu. Y había premiado y ascendido a los policías implicados en el turbio asunto del bar Faisán, además de cursar instrucciones al respecto a la Fiscalía.
También hemos escrito semanas atrás que un comunicado de los terroristas vascos sobre su abandono de la violencia o su disolución sería lo único que permitiría a Pérez Rubalcaba remontar sus expectativas de voto y que, de alguna forma, redimiría la nefanda gestión de Rodríguez Zapatero al frente del Ejecutivo. Y hemos añadido que cualquier español de bien celebraría un comunicado semejante, con independencia de que tuviese esos efectos u otros.
Un anuncio de este tipo favorece las opciones electorales socialistas porque debemos reconocer que los españoles somos un pueblo democráticamente inmaduro e infantil, que vota con las pasiones y la bilis, casi siempre “en contra de” y casi nunca “a favor de”. Es triste reconocerlo, pero en 2004 la autoría islamista de los atentados de Madrid decidió la inesperada victoria socialista, una victoria que se hubiese convertido en clamorosa derrota si la autoría hubiera sido etarra. Las pancartas en contra de la guerra de Irak decidieron. No obstante, nuestros soldados mueren ahora en la guerra de Afganistán y nuestros aviones han bombardeado Libia en una guerra no declarada, y nadie dice ni palabra. Las encuestas y sondeos más recientes no nos revelan un cambio significativo en la tendencia electoral a causa del comunicado etarra, aunque sí puede disminuir notablemente la diferencia entre ambos partidos y convertir en pírrica la victoria electoral de Rajoy.
El comunicado no anuncia la disolución de ETA, ni su entrega de las armas, ni mucho menos pide perdón a las víctimas y sus familiares, ni siquiera tiene un recuerdo para ellos. Se limita nada más -y nada menos- que a transformar el alto el fuego permanente decretado hace meses en una renuncia definitiva a la violencia. Definitiva en tanto que la banda no cambie de opinión, por supuesto. Y solo alude a los suyos, a sus presos y sus activistas, a su entorno. No es verdad, entonces, lo que proclaman los medios de orientación -o de estricta observancia- socialista. No es cierto “el primer fin de semana sin ETA”, que anunciaba La Sexta, ni “Euskadi aborda el futuro sin ETA”, que titulaba El País. “El fin del terror”, su titular del día anterior, se acerca más a la verdad. Porque ETA no desaparece, aunque informa que no seguirá matando, lo que no es poco, sino que es muchísimo.
Eso es lo que destacan los medios no socialistas, que ETA no desaparece, ni entrega las armas, ni pide perdón. Sin embargo, lamentablemente, en nuestra opinión no hay alternativa, no hay otra manera de acabar con el terror. La desaparición efectiva de ETA será un proceso todavía largo y doloroso, en el que las víctimas y sus familiares, en el que los demócratas todos, deberemos aceptar la injusticia y la sinrazón, que serán el precio a pagar por el final de la muerte. El escenario de una ETA disolviéndose, entregando las armas y pidiendo perdón es un escenario irreal. Entre otras cosas, porque no podemos olvidar que la banda no es un grupo de asesinos aislados de la sociedad. Si fuera así, hubiese desaparecido hace tiempo. ETA cuenta con sólidas y numerosas bases sociales, incluso en la Iglesia vasca y los ambientes eclesiásticos.
Aunque nos cueste reconocerlo, ETA está incardinada en un sector de la sociedad civil vasca, en la que hunde anclajes muy profundos. Más de medio millar de familias vascas tienen algún miembro en la cárcel por actividades terroristas. En torno a una quinta parte del electorado vasco -un 20%- vota opciones que son afines a ETA de una forma o de otra. Y este entramado social y político del terrorismo etarra no aceptaría hoy por hoy una rendición de esa clase. Por muy independentistas y antiespañoles que sean, ¿por qué hay gente que legitima el asesinato como instrumento de acción política? La naturaleza humana nos depara esas sorpresas. En este caso, lo ideal es enemigo de lo posible. Porque si la banda diera ahora el paso de rendirse, el peligro de una escisión, el peligro de la creación de una “ETA auténtica” que siguiera matando se haría presente. Ya sucedió con el IRA.
La historia nunca se reescribe de otra manera, la historia nunca da marcha atrás. Lo que pasó, pasó y no puede ser cambiado. Los demócratas de este país no podemos caer en el mismo error del irresponsable zapaterismo, que pretendió ganar desde el Gobierno una guerra civil perdida hace setenta años. Los demócratas de este país no podemos pretender que las cosas sean como si ETA nunca hubiese existido. Porque ETA ha existido, ha matado y ha hecho daño. Y los muertos por la banda seguirán muertos, y los inválidos seguirán inválidos, y los daños producidos por la banda son de imposible reparación.
Por muchos homenajes y por muchas manifestaciones que organicemos. No nos engañemos, lo que ha ocurrido no tiene remedio y Miguel Ángel Blanco continuará muerto. Lo que debemos hacer los demócratas de este país, por propia dignidad, es mirar al futuro, es procurar, al menos, que el comunicado de ETA no tenga consecuencias electorales; que si ETA ha irrumpido en la campaña electoral y se presenta a las elecciones, su irrupción no influya en los resultados. Lo que debemos hacer los demócratas de este país, por una vez, es votar desde la razón y no, como hasta ahora, desde la emoción y desde las más bajas pasiones.