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Euskadi, tierra de paz > María Montero

   

Llueve en España, de alegría y de tristeza. Se dice popularmente que nunca llueve a gusto de todos y, en estos días, nuestra tierra vuelve a protagonizar un capítulo testimonial camino de la conciliación social, lo que esperamos todos, definitivamente, ante el observador internacional. Euskadi, ante todos, fue el escenario de la voz y la palabra acerca de lo firme y lo definitivo, en un comunicado preciso de la organización ETA, donde señala un final posible en una trayectoria entremezclada de procesos ideológicos, paramilitares, independentistas, revolucionarios; donde construyeron un espacio en diferentes décadas, activado por líderes y líderes, y soldados, y unos cimientos entre la vida y la muerte. Un espacio vivo y muerto desde el principio, disolviéndose en el tiempo por su propia fundamentación, y por el grito de justicia de la sociedad, además del proceso personal de todos los miembros de ETA. En nuestra tierra llueve sobre mojado, una tierra húmeda de sangre y de lágrimas, de duelo y de llanto ahogado esperando una resolución que parecía que nunca iba a llegar. Y un 20 de octubre sucedió. Tras máscaras aparentemente anónimas, alguien de ETA abrió la puerta a un proceso social inédito para Euskadi y el pueblo español: el diálogo sin armas.

Empezamos de cero en este aspecto, pues nadie ha hecho este proceso completo en nuestro país todavía: reconocimiento total de lo sucedido, deposición de armas, la honra entre vivos y muertos, y crear pautas decisorias y coherentes entre todos los implicados encaminadas a la rendición del terrorismo en España. Pero estimo que ninguna ideología política ni paramilitar posee el patrimonio de la redención de un país. Me explico: una cosa es rendirse y otra es redimirse, y otra es renacer. La rendición implica el reconocimiento de una situación, el lugar de las víctimas y los verdugos, y las vías de resolución, así como los mecanismos de compensación ante los duelos de todas las partes inmersas en el proceso; redimirse ahonda aún más en el proceso de entendimiento de un aprendizaje, sin emitir juicios de valor hacia todos los miembros que son piezas de un mismo puzzle, y el acogimiento indistintamente a los pilares de la justicia y de la compasión por parte de ellos. Es decir, ya no hay vínculos enemigos, sino seres humanos compartiendo la misma herida, aunque ocupan roles o lugares de víctima y verdugo, y su grado de duelo, culpa y responsabilidad es también diferente. Sin embargo, todos comparten el mismo maestro: el duelo, el vacío y la muerte, aunque su camino para aprenderlo es opuesto pero complementario. Todos han llorado seres queridos muertos, cientos de vidas tocadas por la ira y la pérdida. ¿Y cuántos seres humanos anhelan el cese de la violencia? Quizá todos, pero hay que andar el camino, y esa paz está dentro de cada uno.

Me pregunto por el primer caído muerto en Euskadi hace generaciones, y todos los españoles que lo siguieron, y hoy, quiero decirles, a los que perdieron su vida, que honro su vida y su sacrificio, pues, gracias a ellos, este pueblo de vascos, catalanes, canarios… puede aprender a dejar partir el eje antisocial víctima-verdugo, y a convivir con la idiosincrasia de la identidad, en un territorio plural y libre de etiquetas políticas, pero honrando la historia singular de cada ser humano. El lauburu, símbolo ancestral similar a una cruz con brazos, gira con sus aspas hacia la vida y hacia la muerte, y otorga presencia a todos. Es el símbolo del renacimiento tras la redención. Y Euskadi nació con la llave para la paz interior.

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