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González Jerez y el SILA: peor todavía > Nicolás Melini

   

Hace unos días escribía yo aquí un breve articulito en contestación a otro de González Jerez que, me pareció, insultaba a los escritores, editores y profesores universitarios por no acudir a las jornadas del SILA. Leo ahora lo que me contesta, por desgracia más volcado en hacerme daño que en ofrecer una explicación a su comportamiento del primer artículo. Ya se sabe, la mejor defensa, un ataque.

Es de celebrar que este nuevo artículo haya servido para que hable del SILA (en el otro no pudo, pues las descalificaciones ocupaban demasiado sitio y se acordó más de quien no fue que de los que estuvieron). En mi opinión, al SILA le hubiese convenido más que hablase acerca de las excelencias del evento, que al parecer fue un éxito, en vez de fustigar a los que nada teníamos que ver con lo que allí sucedió. Y es eso lo que le reprocho, la pésima estrategia para conseguir más asistentes: insultar a los que no fueron. Este es el cuarto artículo en el que se habla de lo que no nos interesa del SILA -ni interesa al SILA-, y el único responsable es González Jerez. Por otro lado, es de preocupar la falta de sentido común que se atisba por medio de este lamentable asunto. Hace tres años, más o menos, alguien de la dirección del evento se me quejaba amargamente exactamente de lo mismo que se ha quejado el articulista; es de colegir que, tal vez, no se trate sólo de una ocurrencia de éste, sino de una “política” de los organizadores. La verdad es que, si no hubiese sabido que este amargor venía de atrás, si no hubiese visto en las palabras de González Jerez un paso más, en escalada, de aquella querella, no hubiese dicho nada. Pero, comprendiendo que era así, sinceramente, me preocupa que esto se vaya a producir más veces.

En el artículo que ha provocado este intercambio, González Jerez fustiga o veja a todos los escritores, editores y profesores universitarios de Canarias sin excepción por no haber acudido a algo en lo que él mismo se encuentra involucrado, dando por supuesto que es la obligación de cualquier persona de las islas con alguna actividad intelectual (resida en Tenerife, Gran Canaria, La Palma, Fuerteventura o Madrid) apartar todo quehacer y presentarse allí. Pues no. Los escritores, editores y profesores de Canarias acuden a lo que pueden o quieren, sin que eso suponga ningún tipo de menosprecio hacia el SILA. Con que no, eh, piensa González Jerez, pues entonces queden abochornados por mí, que soy el que tiene la tribuna y, por lo tanto, dictamino. ¿Tal vez sean demasiados años en la tribuna? No parece que la esté utilizando bien en este caso. Y por qué debemos callar ante este tipo de actitudes. ¿De verdad es preferible dejarlo estar, ignorarlo, no pararle bola? ¿De verdad el silencio es la mejor opción?

Está claro que aquí hay alguien que ha tosido (yo) y otro alguien al que no le gusta que le tosan. Tal vez por eso ha puesto más empeño en castigarme que en reconocer que se pasó. González Jerez tiene mucho talento (para el insulto). Él no necesita escribir cuentos, novelas o poesía, como el resto de los escritores, si puede ningunearnos y menospreciarnos desde su tribuna. En este caso, parece más preocupado de darme una buena coz por haber abierto la boca que de ajustarse a verdad o realidad. Son muchas las armas y la prestancia que pone en resultar fiero, le divierte zaherir, dar un buen par de sopapos bien dados, que se note quién manda aquí para que nadie se vuelva a atrever a abrir la boca. Por desgracia, a menudo se encuentra uno con personas muy capaces de vejar de palabra y humillar en público, y están dispuestas a hacer uso de ello contra quien haga falta, porque es su modo de imponerse (aunque esté feo). No es cultura, es poder. Con razón hay tanta gente que merece la pena y, sin embargo, callada en estas islas.

Canarias es un lugar curioso: intelectuales de reconocimiento internacional viven en el archipiélago sin participar ni en los medios de comunicación ni en sus instituciones, volcados en sus asuntos del exterior, colocando allí sus cosas al margen de la sociedad canaria; otros, desde el exterior, participan en sus medios de comunicación pero sin meterse con las cosas de comer, que hablar desde fuera está muy mal visto; un buen grupo (de intelectuales canarios) permanece en las islas y crean en las islas, pero haciendo mutis en cualquier cosa que no tenga que ver con su trabajo; otro buen grupo permanece fuera de las islas y, escamados, no quiere ni oír hablar de hacer algo en éstas; y unos pocos, como González Jerez, controlan el tráfico y ponen la sanción correspondiente dentro del territorio.

Canarias disuade, llama a desistir. Y en eso tienen un papel interesante los guardianes del poder local, los que lo ejercen repartiendo estopa. En este caso nos ha tocado a los escritores (y a mí, por hablar).

Mi papel en Generación 21 (G21) es muy secundario, son otros los que vuelcan sus intereses en eso y él lo sabe, el caso es que yo aquí hablo sólo por mí, no tiene sentido que traiga a colación esa antología: ¿quizá se haya puesto nervioso al observar que contamos con una nueva generación de escritores? Pudiera ser que busque (con este artículo insultante) llamar nuestra atención. Si fuera así, hubiese sido más efectivo publicar una buena novela; claro que eso lo hubiese convertido en uno de nosotros, en un escritor canario cualquiera, uno más de los, según sus palabras: “Encerrados en su pomposa insignificancia”. Pero es que este autoproclamado socialdemócrata es muy conservador. No se aventura. Está muy cómodo en su poltrona, sin necesidad de escribir ficción, ensayo o poesía. Para los escritores que se prestan al juego político, para los serviles, el dinero aparece tarde o temprano. Esto sí que es algo universal: el mundo está lleno de individuos que se jactan de Me pagan por esto cuando de política se trata. Para los escritores literarios, nosotros, estos pringados sin capacidad de insulto, las cosas no son tan cómodas.

Dice Jorge Rodríguez Padrón que “ser libre no es ganar más poder, sino perderlo, desprenderse de compromisos interesados para alcanzar la suficiente independencia…” Alfonso González Jerez, sin su pequeña cuota de poder en Tenerife, no es nada.

Por último: el SILA me parece bien, ardo en deseos de poder acudir en alguna ocasión a escuchar lo que allí se dice del libro africano (si bien nunca he pensado que debiera ser invitado). Sin embargo, el artículo en el que González Jerez se refiere al SILA sin comentar cosa alguna del SILA es, cómo decirlo, ¿falaz? A mí me ha llevado a engaño sobre lo que allí sucedió.

Después de la publicación de mi artículo me han escrito algunos editores canarios para enumerarme -uno por uno- todos los editores canarios que acudieron al SILA.

González Jerez dice en su artículo que lo único que no se podía encontrar en el SILA era a un editor canario, un escritor canario o un profesor universitario canario.

Cabe pensar que si el periodista se equivocó al pasar lista a los editores, también se haya podido equivocar al pasar lista a los escritores y a los profesores universitarios. A lo mejor es que no los conoce.

En su artículo muestra cómo nos desprecia. Él está muy por encima de todos nosotros. ¿También el SILA? Pasar lista así es muy difícil.