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Heroísmo solidario > Salvador García Llanos

   

Con los antecedentes de aquel profesor Neira que corrió peligro de muerte al ser agredido cuando intentaba proteger a una mujer del incontrolado comportamiento de su pareja, habrá que ser forzosamente comedido, no sea que tras la exaltación de lo ocurrido, se desvirtúen las acciones y la consideración heroica que cabe atribuirlas se evapore en un santiamén. Porque no es exageración hablar de heroísmo en la sociedad de nuestros días, tan egoísta e insolidaria, tan deshumanizada y tan poco dada a ponderar conductas y decisiones altruistas, cuando alguien arriesga su vida para salvar otras, acredita su pericia profesional en situaciones límite o destina los beneficios de su propio trabajo a la noble causa de garantizar que unos becarios no se vean afectados por los recortes de la institución de la que dependen. Algunos ejemplos fehacientes ponen de relieve que en esa sociedad aún quedan personas con un alto sentido de la solidaridad. Y que lo practican. Se dirá que hay gente con vocación y adiestrada para prestar el auxilio en el momento preciso pero no se trata de medir el arrojo subjetivo supeditándolo a determinadas circunstancias sino de contrastar la decisión para admirar el paso dado y las beneficiosas consecuencias. ¿Cómo calificar entonces la intervención del sargento primero de la Armada, Carlos Trujillo, que hace unos meses, por la noche se lanzó a las frías aguas del mar de Alborán, atado a un cable-guía, para ayudar a los treinta y tres inmigrantes, en su mayoría mujeres y niños, cuya frágil embarcación había encallado en un rompiente? Durante dos horas, logró salvar, uno a uno, sin omás medios que la ayuda de los soldados de su exiguo destacamento en la isla, a los ocupantes y a un bebé nacido en la travesía. Corazón, coraje y valor: el sargento Trujillo acreditó sobradamente en una situación que los protagonistas no olvidarán jamás. ¿Y qué decir de la doctora Ceferina Cuesta, médico del Samur, que practica en el interior de una iglesia madrileña una cesárea a una mujer que había fallecido tras sufrir varios balazos? Fue decisión “de un segundo”, según testimonio de la doctora, aplaudida por sus compañeros y otros pacientes cuando acudió a interesarse por el estado de la criatura que nació sin pulso y hubo que aplicarle animación cardiorrespiratoria. Seguro que la formación en medicina de urgencias y la propia experiencia de la sanitaria fueron determinantes. No menos llamativo es el gesto de la investigadora valenciana Consuelo Guerri, ganadora de un prestigioso premio científico internacional que venía a reconocer sus trabajos y sus logros en el campo del alcoholismo. Dotado con veinticinco mil euros, la doctora Guerri, que había obtenido el galardón a título individual, decidió donarlo íntegramente para abonar los sueldos de los becarios que trabajan en el centro Príncipe Felipe, de la capital del Turia, afectado, como tantos otros organismos, por los recortes y reajustes económicos. Informaciones periodísticas señalan que no es la primera muestra de la generosidad de esta científica que, lejos de querer airear su determinación solidaria, aprovechó para reclamar la atención de quien proceda “pues la investigación vive una situación horrorosa”. Estos tres ejemplos, en medio de penurias y tribulaciones, levantan el ánimo y sirven para contrastar que la valentía es llevar una verdad por delante y la solidaridad no es un sentimiento superficial. Salvar vidas, con el oficio ejercido al límite y con su carga de heroísmo, así como ayudar a quienes lo necesitan para investigar, son el reflejo del empeño por el bien común.